sábado, 17 de enero de 2009

Acerca de W. Herzog y Kinski



Werner Herzog tenía 13 años cuando en 1955 se trasladó a Munich, junto a sus hermanos y su madre recién divorciada, desde su remoto pueblo natal en la frontera con el Tirol. Con este viaje el joven Herzog deja atrás no sólo a su padre, incapaz de aportar estabilidad económica, sino una infancia profundamente marcada por la pobreza, la posguerra y el aislamiento de las montañas bávaras. Tales circunstancias, junto a su relación directa con una naturaleza tan hostil y desidealizada como profundamente enigmática, determinarán su futura forma de comprender la vida y el cine.
Será esa afinidad por la fertilidad y exhuberancia de la naturaleza lo que justificará su continua y obsesiva búsqueda a través de las imágenes de lo que él llama ‘verdad extática’, es decir, mostrar no una verdad a secas, sino el efecto sublimado de esa verdad a través de imágenes nuevas, de pretensión sublime, poética y visionaria; fotografías puras que no redunden en un imaginario agotado y manido, ya que para Herzog las imágenes actuales han sufrido tal abuso que están agotadas, exhaustas.
Imágenes con valores ajenos a su mera función dramática y narrativa, que crean ficciones que documentan el propio proceso de rodaje, donde los actores representan hoy la lucha real que los protagonistas emprendieron ayer contra la misma naturaleza. Cine puro, genuino, sin trucos, que requiere un esfuerzo físico imposible de ser falseado, sólo comparable con “el de Fred Astaire, el de kung fu, y el porno”. Cine obtenido a base de hipnotizar actores (Corazón de cristal), ofrendarse al albur de volcanes a punto de erupcionar (La soufrière), transportar barcos salvando la selva amazónica mediante poleas, sudor y sangre (Fitzcarraldo), de ser apresado por tropas golpistas (Fata Morgana) o de reinterpretar la Antártida (Encuentros en el fin del mundo).
Pero volvamos a Munich y a la pequeña pensión donde el adolescente Herzog se hospeda junto a su familia. La dueña del alojamiento, hija y admiradora de artistas, ofrece de manera gratuita una de las habitaciones a un joven actor teatral obsesionado con François Villon, Dostoievski y Jesucristo. Casualmente, aquel actor, que dejaría una marca indeleble en el joven Herzog, no era otro que Klaus Kinski.
Como el director apunta en Mi enemigo íntimo (el mítico documental sobre la azarosa relación mutua, que a modo de expiación y homenaje realizó Herzog tras la muerte del actor), ambos convivieron, sin que Kinski se percatara de la presencia del adolescente, durante tres meses, tiempo suficiente para que éste atemorizara al resto de inquilinos con alguno de sus característicos ataques de ira que le llevaron a derribar la puerta de su habitación por considerar mal planchadas sus camisas o a encerrarse durante 48 horas en el baño descuartizando todo a su alrededor.
Quince años después de aquel fortuito primer encuentro, Herzog propone a Kinski encarnar al megalómano y sanguinario conquistador Lope de Aguirre en su expedición final en busca de El Dorado. No se puede decir que las carreras de ambos hubieran pasado desapercibidas hasta entonces (Herzog ya había realizado obras sobresalientes como Fata Morgana o También los enanos empezaron pequeños; y Kinski, por entonces, había actuado en más de cincuenta títulos para directores de la talla de David Lean o Sergio Leone), pero sí que sería aquella primera película juntos la que les proporcionaría una fama intemporal.
Su relación de dependencia y odio, sus incesantes conflictos durante los rodajes, sus mutuas amenazas de muerte, así como los continuos choques entre sus desproporcionados egos y sus ilustres locuras (coprolálica la del actor y silente la de Herzog; colérica y demente una y suicida y exhibicionista la otra) generarían cinco obras mayores y una leyenda irrepetible dentro de la historia del cine. Numerosos documentos muestran la dual relación de dependencia, admiración y animadversión existente entre ambos: grabaciones sonoras en las que Kinski insulta y ningunea a Herzog ante la agresiva pasividad de éste, fotos en las que Kinski amenaza con un machete al director durante los ensayos de Cobra verde (rodaje que el actor abandonó al grito de “yo no trabajo con mediocres”), reveladores documentales sobre sus arriesgados rodajes (como Burden of dreams, elocuente making off de Fitzcarraldo), testimonios de pulsiones homicidas (“te voy a disparar si te marchas, ocho balas para ti y la última para mí”, Herzog dixit), confesiones injuriosas como la del actor en su libro de memorias Yo necesito amor: “es un individuo miserable, sádico, cobarde (…) no sabe nada de cine, todo lo rodé yo”, junto a decenas de libros y artículos que ahondan en la magnética ambigüedad de su relación.
Una ambigüedad que perfectamente resumiría aquella leyenda que cuenta que durante el rodaje de Fitzcarraldo, el hastiado jefe de la tribu india Aguaruna, que participaba como extra en la película, le ofrece al realizador “deshacerse” del violento e insufrible actor, sin ocultar que a quien realmente teme es a Herzog, dada su incomprensible actitud silenciosa y pasiva ante el comportamiento demente de Kinski. Herzog agradeció la propuesta pero decidió rechazarla, al ser consciente de que nunca encontraría a nadie que pudiera comprender como Kinski a sus personajes obsesivos y megalómanos; o quizás porque, tal y como muestra la redimidora y poética última escena de Mi enemigo íntimo, en la que Kinski juguetea amable y gozoso con una mariposa, sólo él conocía la parte más humana y sensible de su enemigo íntimo.
CINCO PELÍCULAS DE AMOR Y DE ODIO Herzog y Kinski colaboraron en un total de cinco películas. Tras Aguirre, la cólera de Dios, en 1979 realizan Woyzeck, con Kinski interpretando al soldado creado por Georg Büchner que, tras recibir continuas humillaciones, decide rebelarse trágicamente. Ese mismo año vuelven a reunirse para realizar el único homenaje explícito que el poco cinéfilo Herzog realiza a lo largo de su carrera: Nosferatu, vampiro de la noche, con Kinski como Drácula. Pero aún faltarían dos colaboraciones más, la catártica Fitzcarraldo (1982) y la definitiva Cobra verde (1984). Años después, Herzog rechazará la propuesta de Kinski de dirigir Paganini, película que acabaría realizando este último en 1989, sólo dos años antes de que un ataque al corazón le quitara la vida. Junto a las cinco películas los documentales de Herzog, Mi enemigo íntimo (1999), y Les Blank, Burden of dreams (1982), suponen un testimonio esencial para llegar comprender la relación de amor odio que existía entre ambos.
Para quien lo solicite tengo en mis manos Fitzacrraldo para prestarles...

1 comentario:

  1. Sol, no te la voy a pedir porque no vivo alla, pero si te visito me gustaria verla con vos, llevo el trago y habanos cubanos (o un cubano)
    Euge Stoll

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