
miércoles, 25 de febrero de 2009
Lo bello y lo triste Kawabata

La historia de un viejo amor que subsiste aun después de muchos años tiene algo de esperanzador, por más que conduzca a un final trágico y abrupto. Me refiero a Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata.
De qué se trata
Un hombre casado vive una apasionada historia de amor con una niña de quince años a la que abandona pero jamás olvida. Más de veinte años después una excusa trivial lleva al reencuentro con esa mujer devenida en artista, desatando remordimientos, suspicacias, celos y pasiones al constatar que aquel fulgor aun sigue vivo en ambos protagonistas.Mas también es la historia de una venganza, consumada por personajes secundarios que toman parte en el relato, haciendo que se torne de hondo patetismo dramático, como solo un maestro de la literatura oriental, con sus pausas, sus silencios y sus tiempos podría desarrollar.
Un hombre casado vive una apasionada historia de amor con una niña de quince años a la que abandona pero jamás olvida. Más de veinte años después una excusa trivial lleva al reencuentro con esa mujer devenida en artista, desatando remordimientos, suspicacias, celos y pasiones al constatar que aquel fulgor aun sigue vivo en ambos protagonistas.Mas también es la historia de una venganza, consumada por personajes secundarios que toman parte en el relato, haciendo que se torne de hondo patetismo dramático, como solo un maestro de la literatura oriental, con sus pausas, sus silencios y sus tiempos podría desarrollar.
Qué destaqué
Las novelas de Kawabata parecen caracterizarse por bucear en el alma humana en aquello que tiene de pasional e irracional. Tanto en esta como en otras obras sus personajes toman comportamientos caprichosos, cercanos a lo infantil y no por eso menos verosímiles. Por otra parte, sólo en una cultura milenaria y tradicional como la japonesa puede subsistir a través del tiempo el cuestionamiento sobre el honor, la deshonra y el perdón (valores tan devaluados actualmente en la cultura occidental).Tanto el abandono, como la pérdida de un hijo y el tiempo transcurrido no son impedimentos para el resurgir de ese sentimiento que se mantuvo oculto durante años y que arremete feroz ya en plena madurez, con la fuerza que le otorga la plena conciencia de ser el gran amor en la vida de ambos, aun en un fugaz y efímero resplandor final.
Qué me dejó
Desde el principio, un texto costumbrista en el que se parte con la posibilidad de un encuentro siempre postergado, va ganando en tensión a medida que transcurre el relato, llegando a un final tan inesperado como sorprendente, en la plenitud de la expresión psicológica de sus personajes.Es esto lo que demuestra el arte del escritor japonés, que con pocos roles principales construye una obra donde abundan las medias palabras, las reflexiones de cada personaje, insertos en una tradición local que por momentos abruma, pero también lo vuelve creíble. Es ese respeto tan propio de la cultura oriental el que baña por completo esta fabulosa y entrañable historia de amor, tan poética como adorable.
Para leer hasta fines del siglo XXI
Lunes, 23 de Febrero de 2009
LOS LIBROS QUE SE PUBLICARAN EN LA TEMPORADA 2009
La diversidad y la proliferación de títulos que se conocerán este año confirman que en tiempos de crisis los libros son un valor de refugio. Una generosa oferta literaria canalizada tanto a través de sellos multinacionales como de editoriales independientes.
LOS LIBROS QUE SE PUBLICARAN EN LA TEMPORADA 2009
La diversidad y la proliferación de títulos que se conocerán este año confirman que en tiempos de crisis los libros son un valor de refugio. Una generosa oferta literaria canalizada tanto a través de sellos multinacionales como de editoriales independientes.
Por Silvina Friera
En épocas de vacas flacas, de desplomes de bolsas y recesión económica, el mundo editorial, que no es una isla en medio del océano de la crisis, por ahora intenta mantenerse a salvo. O a flote. Las editoriales se preparan para afrontar un año incierto con muchas y variadas novedades de Milan Kundera, Sándor Márai, Irene Nemirovsky, Philip Roth, Doris Lessing, Haruki Murakami, Hanif Kureishi, Orhan Pamuk, J. M. Coetzee, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Toni Morrison, Joyce Carol Oates, Gianni Vattimo, Michel Onfray, Siri Hustvedt, Amélie Nothomb, Leonardo Sciascia, John McGahern, Patrick Modiano, Petros Markaris, Leonard Cohen, Irvine Welsh, Milena Agus, Roberto Saviano, Muriel Spark, Carlos Fuentes, Ariel Dorfman, Laura Restrepo, Mario Levrero, Armonía Sommers, Mario Bellatin, Fabio Morábito, Santiago Roncagliolo y José Watanabe, entre otros. En narrativa, ensayo, teatro y poesía argentina se publicará un inédito de Julio Cortázar, saldrán libros de Roberto Fontanarrosa, Ana María Shua, José Pablo Feinmann, Horacio Verbitsky, Tomás Eloy Martínez, Daniel Link, Diana Bellessi, Perla Rotzait, Edgardo Cozarinsky, Sergio Bizzio, Damián Tabarovsky, Juan Filloy, Amelia Biagioni, Manuel Puig, Federico Andahazi, Alicia Dujovne Ortiz, Ariel Magnus, Oliverio Coelho, Leonardo Oyola, Juan Terranova, Cristian Alarcón, Juan Diego Incardona y Claudio Zeiger, entre otros.
Efecto Obama
En junio se distribuirá Una bendición (Mondadori), la nueva novela de Toni Morrison. Otra alegría llegará con La hija del sepulturero (Alfaguara), de la gran narradora norteamericana Joyce Carol Oates, eterna candidata al Premio Nobel de Literatura. En Indignación (Mondadori), Philip Roth cuenta las vicisitudes de la educación de un joven con el trasfondo de la guerra de Corea. También este año habrá más Roth para empacharse, con otra novela, Nuestra pandilla. En marzo arribará a estos puertos la nueva novela de Siri Hustvedt, Elegía para un americano (Anagrama), en la que dos hermanos –él psicoanalista, ella escritora– intentan reconstruir la historia de su familia después de la muerte del padre. Es para celebrar la edición de los Cuentos reunidos de Sher- wood Anderson (1876-1941), gran narrador estadounidense y maestro de la técnica del relato corto, y la publicación de la primera novela de Nicole Krauss, Man walks into a room (Salamandra). Presencia (Tusquets), de Arthur Miller, es una selección de sus mejores relatos publicados en The New Yorker, Harper’s y Esquire.
Cadencias europeas y del más allá
Del reciente Premio Nobel de Literatura, el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, se publicará su última novela, La música del hambre (Adriana Hidalgo), traducida por la poeta Juana Bignozzi. En marzo se lanzarán otras novelas de Le Clézio: Desierto y Onitsa (Tusquets). Habrá también dos nuevas novelas de premios Nobel: Tierra de poniente, de Coetzee, y El museo de la inocencia, de Pamuk (ambas por Mondadori). Ya está circulando por las librerías Otros colores, de Pamuk, y Cuentos europeos (Lumen), de Lessing. Pronto se editará Diario (Anagrama), de Hélène Berr, escrito entre abril de 1942 y marzo de 1944, en el París de la ocupación nazi, prologado por Patrick Modiano (que publicará, también por Anagrama, Calle de las tiendas oscuras). Amélie Nothomb, una de las autoras francesas más populares y con mayor proyección internacional, publicará Ni Eva ni de Adán (Anagrama). Otro francés que aterrizará en las librerías argentinas es Mathias Enard con su novela Zona (Norma).
Una nueva joya de Irene Nemirovsky, Maestro de almas (Salamandra), publicada originalmente por entregas en el semanario Gringoire entre mayo y agosto de 1939, en víspera de la Segunda Guerra Mundial, llegará en abril. De Sebastian Barry, autor irlandés finalista dos veces del Man Brooker Prize for Fiction en 2005 y 2008, se acaba de publicar la novela Más y más lejos (Norma) y al final del semestre se editará The secret Scripture. Pero el rescate irlandés del año sin duda será Cuentos completos (Adriana Hidalgo) de John McGahern (1932-2006), considerado por parte de la crítica “el mejor escritor irlandés de cuentos desde James Joyce”. La escritora escocesa Muriel Spark será recuperada por la editorial La bestia equilátera. Lo primero que saldrá en marzo es Memento Mori, y en el transcurso del año se sumarán Muy lejos de Kensington y Vagando con intención.
Algo que contarte
El escritor sueco Stieg Larsson (Västerbotten, 1954-Estocolmo, 2004) ha vendido más de ocho millones de ejemplares con Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de su trilogía Millenium. En marzo aparecerá la segunda parte, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y en noviembre la tercera, La reina en el palacio de las corrientes de aire (Destino). Ese mismo mes llegará Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Fitzcarraldo (Entropía), de Werner Herzog, traducido por Ariel Magnus. En el segundo semestre del año habrá un nuevo libro de Milan Kundera, un conjunto de artículos del escritor checo sobre novelistas y pintores que editará Tusquets. El hijo del viento (Tusquets) es la nueva novela del escritor y dramaturgo sueco Henning Mankell. De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets) es el título provisorio del nuevo libro del japonés Haruki Murakami. Después de la repercusión que tuvo Gomorra (Debate), donde desmenuza los negocios de la Camorra, el periodista y escritor italiano Roberto Saviano regresará a las librerías con Lo contrario de la muerte. En El rosa Tiepolo (Anagrama), el italiano Roberto Calasso recapitula la cultura europea y nos muestra cómo la historia es una compleja red de momentos y lugares. Del notable narrador siciliano Leonardo Sciascia se publicará A cada cual lo suyo (Tusquets). De Gianni Va-ttimo, que participará en la Feria del libro, se editará Ecce comu. Cómo se llega a ser lo que era (Paidós).
Con tan sólo 27 años, el italiano Paolo Giordano se convirtió en uno de los fenómenos editoriales más relevantes de los últimos años con su primera novela La soledad de los números primos (Salamandra), que estará en las librerías del país a partir de mayo.
Algo que contarte (Anagrama), la nueva novela de Kureishi, probablemente sea su libro más ambicioso después de El álbum negro. Tostadas de jabón (La bestia equilátera) son once relatos escritos por Julian Maclaren-Ross (1912-1964), el héroe oculto de la literatura inglesa, admirado por Graham Greene, Anthony Powell y Evelyn Waugh. También aparecerán Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, de Irvine Welsh; Las vidas privadas de Pippa Lee, de Rebe-cca Miller; y En el camino (El rollo mecanografiado original), de Jack Kerouac, publicados por Anagrama. Entre los debuts literarios suscita interés la llegada de La ternura de los lobos (Salamandra), de la británica Step Penney, novela en la que se narra la gesta de una madre por encontrar a su hijo perdido en las heladas llanuras de Canadá en el siglo XIX. En abril, continuando con la Biblioteca Henry James, se lanzará Las alas de la paloma, y en los próximos meses Lo que Maisie sabía y La princesa Casamassima (todos por El cuenco del Plata). En Los papeles de Stalin (Edhasa), el historiador británico Orlando Figes narra las vidas de la gente de a pie en la Rusia de Stalin. Del escritor griego Petro Markaris se publicará Defensa cerrada (Tusquets), segunda novela de la serie policíaca protagonizada por Kostas Jaritos. Para delirio de los fanáticos del escritor húngaro Sandor Márai, en abril estará en las librerías Los rebeldes (Salamandra), novela ambientada unos meses antes del desenlace de la Primera Guerra Mundial. El juego favorito (Edhasa) es la primera novela de Leonard Cohen, publicada en 1963, sobre un joven que descubre su identidad a través de la escritura.
Un surtido made in Argentina
A 25 años de la muerte de Julio Cortázar, en mayo se lanzará Papeles inesperados (Alfaguara), 450 páginas que incluirán once relatos inéditos, un capítulo excluido del Libro de Manuel; once nuevos episodios del poliédrico personaje que protagonizó Un tal Lucas, suerte de alter ego del escritor; tres historias de cronopios que quedaron sueltas, once textos sobre pintura, escultura y fotografía, y piezas fascinantes e inclasificables que se aproximan a los epigramas, entre otros. Con Lugar común la muerte y Las vidas del general, Alfaguara comenzó a publicar la obra completa de Tomás Eloy Martínez. Otro libro que se hizo rogar es el inédito Negar todo y otros cuentos (Ediciones de la Flor), de Roberto Fontanarrosa. Teatro reunido, de Manuel Puig, (Entropía), incluirá Un espía en mi corazón. Uno de los lanzamientos más importantes del año será Timote (Planeta), la nueva novela de José Pablo Feinmann sobre el secuestro y la muerte del general Pedro Eugenio Aramburu. En marzo saldrá Que tengas una vida interesante (Emecé), los cuentos completos para adultos de Ana María Shua. También en marzo se podrá disfrutar de Tener lo que se tiene (Adriana Hidalgo), la obra reunida de Diana Bellessi, unánimemente considerada una de las más prestigiosas poetas argentinas vivas. Ella ríe sin embargo (Bajo la luna), la obra completa de la poeta Perla Rotzait, incluirá los trece libros publicados más dos inéditos. Otro rescate prometedor es Aire tan dulce (Bajo la luna), de Elvira Orphée, novela publicada en 1967.
En marzo se publicará Realidad (Mondadori), nueva novela de Sergio Bizzio en la que un comando terrorista toma un canal de televisión mientras se está emitiendo el reality Gran Hermano. Del escritor chaqueño Carlos Busqued llegará la novela Bajo este sol tremendo (Anagrama), finalista del premio Herralde. En abril se lanzará Vigilia de armas (Sudamericana), de Horacio Verbitsky, tercer tomo de la Historia Política de la Iglesia Católica en Argentina, que cubre el período del Cordobazo al 23 de marzo de 1976. La muñeca rusa (Alfaguara), la nueva novela de Alicia Dujovne Ortiz, se publicará en marzo, y Lejos de donde (Tusquets) es el nuevo libro de Edgardo Cozarinsky. Damián Tabarovsky arremeterá con su última novela, Autobiografía Médica (Mondadori), en la que narra las peripecias de un joven ejecutivo que sufre un síndrome extraño: cada vez que está a punto de triunfar una nueva enfermedad se lo impide. En agosto llegará la nueva novela de Leonardo Oyola, Kryptonita (Mondadori); Federico Andahazi lanzará el segundo tomo de Pecar como Dios Manda (Planeta); Ariel Magnus publicará su nueva novela, Carta a mi vecina de arriba (Norma), Oliverio Coelho su libro de cuentos Hombres abandonados y Claudio Zeiger su nueva novela, Redacciones perdidas, que transcurre en la redacción de un diario en los años ’50. A fines del primer semestre aparecerá El campito (Mondadori) de Juan Diego Incardona, y Roberto Gárriz publicará Las tetas de Perón (Ediciones de la Flor). La Argentina en pedazos (Ediciones de la Flor) es la adaptación al comic de grandes obras de la literatura argentina, prologadas por Ricardo Piglia. Ignacio Molina publicará su nueva novela, Los modos de ganarse la vida (Entropía) y Cristian Alarcón regresará con una crónica sobre historias del narcotráfico en la Argentina (Norma).
Un autor hasta ahora inédito que dará que hablar con el inquietante libro de cuentos Porno (Eterna Cadencia) es el psicoanalista Marcos Bertorello. La cordobesa Eugenia Almeida publicará su primera novela, El colectivo (Edhasa), con la que obtuvo el Premio Internacional de Novela Dos Orillas en España. Otro debut literario esperado es el de la argentina residente en Alemania María Cecilia Barbe-tta con Los milagros (Edhasa), novela que evoca el cuento “Circe”, de Cortázar, y se articula combinando retazos de narración, ilustraciones, letras de canciones, clasificaciones textiles e informes botánicos. Se reeditará Luna caliente (Edhasa), una de las novelas más emblemáticas de Mempo Giardinelli; se rescatará otra obra del cordobés Juan Filloy, Aquende (El cuenco del Plata), a Manuel Mujica Lainez con sus Cuentos escogidos (Mondadori), la Obra poética completa (Adriana Hidalgo) de Amelia Biagioni; La huella del crimen (Adriana Hidalgo), de Raúl Waleis, considerada la primera novela policial, publicada en 1877 por la Imprenta y Librería de Mayo, y Las últimas crónicas en El Mundo (1937-1942), de Roberto Arlt, prologado por Ricardo Piglia (Fondo de Cultura Económica).
En Fantasmas. Imaginación y sociedad (Eterna Cadencia), Daniel Link recorre la literatura del siglo XX a la luz de una teoría de la imaginación; en El señor, el amante, el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica (Eterna Cadencia), Dardo Scavino propone una relectura de la tradición metafísica. El tesoro de la lengua (Entropía), de Ariel Schettini, es otro de los libros de ensayo que se publicarán este año junto con Letras gauchas (Eterna Cadencia), de Julio Schvartzman, un libro sobre la gauchesca y algunos textos periodísticos del siglo XIX abordados desde una perspectiva foucaultiana. La diversidad y la proliferación de las novedades editoriales confirman que en tiempos de crisis los libros son un valor de refugio.
En épocas de vacas flacas, de desplomes de bolsas y recesión económica, el mundo editorial, que no es una isla en medio del océano de la crisis, por ahora intenta mantenerse a salvo. O a flote. Las editoriales se preparan para afrontar un año incierto con muchas y variadas novedades de Milan Kundera, Sándor Márai, Irene Nemirovsky, Philip Roth, Doris Lessing, Haruki Murakami, Hanif Kureishi, Orhan Pamuk, J. M. Coetzee, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Toni Morrison, Joyce Carol Oates, Gianni Vattimo, Michel Onfray, Siri Hustvedt, Amélie Nothomb, Leonardo Sciascia, John McGahern, Patrick Modiano, Petros Markaris, Leonard Cohen, Irvine Welsh, Milena Agus, Roberto Saviano, Muriel Spark, Carlos Fuentes, Ariel Dorfman, Laura Restrepo, Mario Levrero, Armonía Sommers, Mario Bellatin, Fabio Morábito, Santiago Roncagliolo y José Watanabe, entre otros. En narrativa, ensayo, teatro y poesía argentina se publicará un inédito de Julio Cortázar, saldrán libros de Roberto Fontanarrosa, Ana María Shua, José Pablo Feinmann, Horacio Verbitsky, Tomás Eloy Martínez, Daniel Link, Diana Bellessi, Perla Rotzait, Edgardo Cozarinsky, Sergio Bizzio, Damián Tabarovsky, Juan Filloy, Amelia Biagioni, Manuel Puig, Federico Andahazi, Alicia Dujovne Ortiz, Ariel Magnus, Oliverio Coelho, Leonardo Oyola, Juan Terranova, Cristian Alarcón, Juan Diego Incardona y Claudio Zeiger, entre otros.
Efecto Obama
En junio se distribuirá Una bendición (Mondadori), la nueva novela de Toni Morrison. Otra alegría llegará con La hija del sepulturero (Alfaguara), de la gran narradora norteamericana Joyce Carol Oates, eterna candidata al Premio Nobel de Literatura. En Indignación (Mondadori), Philip Roth cuenta las vicisitudes de la educación de un joven con el trasfondo de la guerra de Corea. También este año habrá más Roth para empacharse, con otra novela, Nuestra pandilla. En marzo arribará a estos puertos la nueva novela de Siri Hustvedt, Elegía para un americano (Anagrama), en la que dos hermanos –él psicoanalista, ella escritora– intentan reconstruir la historia de su familia después de la muerte del padre. Es para celebrar la edición de los Cuentos reunidos de Sher- wood Anderson (1876-1941), gran narrador estadounidense y maestro de la técnica del relato corto, y la publicación de la primera novela de Nicole Krauss, Man walks into a room (Salamandra). Presencia (Tusquets), de Arthur Miller, es una selección de sus mejores relatos publicados en The New Yorker, Harper’s y Esquire.
Cadencias europeas y del más allá
Del reciente Premio Nobel de Literatura, el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, se publicará su última novela, La música del hambre (Adriana Hidalgo), traducida por la poeta Juana Bignozzi. En marzo se lanzarán otras novelas de Le Clézio: Desierto y Onitsa (Tusquets). Habrá también dos nuevas novelas de premios Nobel: Tierra de poniente, de Coetzee, y El museo de la inocencia, de Pamuk (ambas por Mondadori). Ya está circulando por las librerías Otros colores, de Pamuk, y Cuentos europeos (Lumen), de Lessing. Pronto se editará Diario (Anagrama), de Hélène Berr, escrito entre abril de 1942 y marzo de 1944, en el París de la ocupación nazi, prologado por Patrick Modiano (que publicará, también por Anagrama, Calle de las tiendas oscuras). Amélie Nothomb, una de las autoras francesas más populares y con mayor proyección internacional, publicará Ni Eva ni de Adán (Anagrama). Otro francés que aterrizará en las librerías argentinas es Mathias Enard con su novela Zona (Norma).
Una nueva joya de Irene Nemirovsky, Maestro de almas (Salamandra), publicada originalmente por entregas en el semanario Gringoire entre mayo y agosto de 1939, en víspera de la Segunda Guerra Mundial, llegará en abril. De Sebastian Barry, autor irlandés finalista dos veces del Man Brooker Prize for Fiction en 2005 y 2008, se acaba de publicar la novela Más y más lejos (Norma) y al final del semestre se editará The secret Scripture. Pero el rescate irlandés del año sin duda será Cuentos completos (Adriana Hidalgo) de John McGahern (1932-2006), considerado por parte de la crítica “el mejor escritor irlandés de cuentos desde James Joyce”. La escritora escocesa Muriel Spark será recuperada por la editorial La bestia equilátera. Lo primero que saldrá en marzo es Memento Mori, y en el transcurso del año se sumarán Muy lejos de Kensington y Vagando con intención.
Algo que contarte
El escritor sueco Stieg Larsson (Västerbotten, 1954-Estocolmo, 2004) ha vendido más de ocho millones de ejemplares con Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de su trilogía Millenium. En marzo aparecerá la segunda parte, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y en noviembre la tercera, La reina en el palacio de las corrientes de aire (Destino). Ese mismo mes llegará Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Fitzcarraldo (Entropía), de Werner Herzog, traducido por Ariel Magnus. En el segundo semestre del año habrá un nuevo libro de Milan Kundera, un conjunto de artículos del escritor checo sobre novelistas y pintores que editará Tusquets. El hijo del viento (Tusquets) es la nueva novela del escritor y dramaturgo sueco Henning Mankell. De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets) es el título provisorio del nuevo libro del japonés Haruki Murakami. Después de la repercusión que tuvo Gomorra (Debate), donde desmenuza los negocios de la Camorra, el periodista y escritor italiano Roberto Saviano regresará a las librerías con Lo contrario de la muerte. En El rosa Tiepolo (Anagrama), el italiano Roberto Calasso recapitula la cultura europea y nos muestra cómo la historia es una compleja red de momentos y lugares. Del notable narrador siciliano Leonardo Sciascia se publicará A cada cual lo suyo (Tusquets). De Gianni Va-ttimo, que participará en la Feria del libro, se editará Ecce comu. Cómo se llega a ser lo que era (Paidós).
Con tan sólo 27 años, el italiano Paolo Giordano se convirtió en uno de los fenómenos editoriales más relevantes de los últimos años con su primera novela La soledad de los números primos (Salamandra), que estará en las librerías del país a partir de mayo.
Algo que contarte (Anagrama), la nueva novela de Kureishi, probablemente sea su libro más ambicioso después de El álbum negro. Tostadas de jabón (La bestia equilátera) son once relatos escritos por Julian Maclaren-Ross (1912-1964), el héroe oculto de la literatura inglesa, admirado por Graham Greene, Anthony Powell y Evelyn Waugh. También aparecerán Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, de Irvine Welsh; Las vidas privadas de Pippa Lee, de Rebe-cca Miller; y En el camino (El rollo mecanografiado original), de Jack Kerouac, publicados por Anagrama. Entre los debuts literarios suscita interés la llegada de La ternura de los lobos (Salamandra), de la británica Step Penney, novela en la que se narra la gesta de una madre por encontrar a su hijo perdido en las heladas llanuras de Canadá en el siglo XIX. En abril, continuando con la Biblioteca Henry James, se lanzará Las alas de la paloma, y en los próximos meses Lo que Maisie sabía y La princesa Casamassima (todos por El cuenco del Plata). En Los papeles de Stalin (Edhasa), el historiador británico Orlando Figes narra las vidas de la gente de a pie en la Rusia de Stalin. Del escritor griego Petro Markaris se publicará Defensa cerrada (Tusquets), segunda novela de la serie policíaca protagonizada por Kostas Jaritos. Para delirio de los fanáticos del escritor húngaro Sandor Márai, en abril estará en las librerías Los rebeldes (Salamandra), novela ambientada unos meses antes del desenlace de la Primera Guerra Mundial. El juego favorito (Edhasa) es la primera novela de Leonard Cohen, publicada en 1963, sobre un joven que descubre su identidad a través de la escritura.
Un surtido made in Argentina
A 25 años de la muerte de Julio Cortázar, en mayo se lanzará Papeles inesperados (Alfaguara), 450 páginas que incluirán once relatos inéditos, un capítulo excluido del Libro de Manuel; once nuevos episodios del poliédrico personaje que protagonizó Un tal Lucas, suerte de alter ego del escritor; tres historias de cronopios que quedaron sueltas, once textos sobre pintura, escultura y fotografía, y piezas fascinantes e inclasificables que se aproximan a los epigramas, entre otros. Con Lugar común la muerte y Las vidas del general, Alfaguara comenzó a publicar la obra completa de Tomás Eloy Martínez. Otro libro que se hizo rogar es el inédito Negar todo y otros cuentos (Ediciones de la Flor), de Roberto Fontanarrosa. Teatro reunido, de Manuel Puig, (Entropía), incluirá Un espía en mi corazón. Uno de los lanzamientos más importantes del año será Timote (Planeta), la nueva novela de José Pablo Feinmann sobre el secuestro y la muerte del general Pedro Eugenio Aramburu. En marzo saldrá Que tengas una vida interesante (Emecé), los cuentos completos para adultos de Ana María Shua. También en marzo se podrá disfrutar de Tener lo que se tiene (Adriana Hidalgo), la obra reunida de Diana Bellessi, unánimemente considerada una de las más prestigiosas poetas argentinas vivas. Ella ríe sin embargo (Bajo la luna), la obra completa de la poeta Perla Rotzait, incluirá los trece libros publicados más dos inéditos. Otro rescate prometedor es Aire tan dulce (Bajo la luna), de Elvira Orphée, novela publicada en 1967.
En marzo se publicará Realidad (Mondadori), nueva novela de Sergio Bizzio en la que un comando terrorista toma un canal de televisión mientras se está emitiendo el reality Gran Hermano. Del escritor chaqueño Carlos Busqued llegará la novela Bajo este sol tremendo (Anagrama), finalista del premio Herralde. En abril se lanzará Vigilia de armas (Sudamericana), de Horacio Verbitsky, tercer tomo de la Historia Política de la Iglesia Católica en Argentina, que cubre el período del Cordobazo al 23 de marzo de 1976. La muñeca rusa (Alfaguara), la nueva novela de Alicia Dujovne Ortiz, se publicará en marzo, y Lejos de donde (Tusquets) es el nuevo libro de Edgardo Cozarinsky. Damián Tabarovsky arremeterá con su última novela, Autobiografía Médica (Mondadori), en la que narra las peripecias de un joven ejecutivo que sufre un síndrome extraño: cada vez que está a punto de triunfar una nueva enfermedad se lo impide. En agosto llegará la nueva novela de Leonardo Oyola, Kryptonita (Mondadori); Federico Andahazi lanzará el segundo tomo de Pecar como Dios Manda (Planeta); Ariel Magnus publicará su nueva novela, Carta a mi vecina de arriba (Norma), Oliverio Coelho su libro de cuentos Hombres abandonados y Claudio Zeiger su nueva novela, Redacciones perdidas, que transcurre en la redacción de un diario en los años ’50. A fines del primer semestre aparecerá El campito (Mondadori) de Juan Diego Incardona, y Roberto Gárriz publicará Las tetas de Perón (Ediciones de la Flor). La Argentina en pedazos (Ediciones de la Flor) es la adaptación al comic de grandes obras de la literatura argentina, prologadas por Ricardo Piglia. Ignacio Molina publicará su nueva novela, Los modos de ganarse la vida (Entropía) y Cristian Alarcón regresará con una crónica sobre historias del narcotráfico en la Argentina (Norma).
Un autor hasta ahora inédito que dará que hablar con el inquietante libro de cuentos Porno (Eterna Cadencia) es el psicoanalista Marcos Bertorello. La cordobesa Eugenia Almeida publicará su primera novela, El colectivo (Edhasa), con la que obtuvo el Premio Internacional de Novela Dos Orillas en España. Otro debut literario esperado es el de la argentina residente en Alemania María Cecilia Barbe-tta con Los milagros (Edhasa), novela que evoca el cuento “Circe”, de Cortázar, y se articula combinando retazos de narración, ilustraciones, letras de canciones, clasificaciones textiles e informes botánicos. Se reeditará Luna caliente (Edhasa), una de las novelas más emblemáticas de Mempo Giardinelli; se rescatará otra obra del cordobés Juan Filloy, Aquende (El cuenco del Plata), a Manuel Mujica Lainez con sus Cuentos escogidos (Mondadori), la Obra poética completa (Adriana Hidalgo) de Amelia Biagioni; La huella del crimen (Adriana Hidalgo), de Raúl Waleis, considerada la primera novela policial, publicada en 1877 por la Imprenta y Librería de Mayo, y Las últimas crónicas en El Mundo (1937-1942), de Roberto Arlt, prologado por Ricardo Piglia (Fondo de Cultura Económica).
En Fantasmas. Imaginación y sociedad (Eterna Cadencia), Daniel Link recorre la literatura del siglo XX a la luz de una teoría de la imaginación; en El señor, el amante, el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica (Eterna Cadencia), Dardo Scavino propone una relectura de la tradición metafísica. El tesoro de la lengua (Entropía), de Ariel Schettini, es otro de los libros de ensayo que se publicarán este año junto con Letras gauchas (Eterna Cadencia), de Julio Schvartzman, un libro sobre la gauchesca y algunos textos periodísticos del siglo XIX abordados desde una perspectiva foucaultiana. La diversidad y la proliferación de las novedades editoriales confirman que en tiempos de crisis los libros son un valor de refugio.
Página 12. Cultura
jueves, 12 de febrero de 2009
La increíble historia de las hermanas Mitford
Diana y sus hermanas
Pocas familias del siglo XX produjeron tal caudal de libros, artículos y ensayos como la de las hermanas Mitford. Nacidas para vivir y morir en un plácido anonimato, sus militancias políticas (una, nazi amiga de Hitler; otra, comunista en la Guerra Civil Española), sus estruendosos matrimonios, sus personalidades y los libros que ellas mismas escribieron las convirtieron en el centro de atención social, político y cultural durante más de cincuenta años. Una recorrida por ese derrotero, a la luz de la correspondencia entre ellas, recientemente editada en inglés, es también un paseo por el mundo de posguerra.
Hitler y Unity.Diana y Unity Mosley en Berlín, donde llegaron como invitadas especiales de Hitler durante las Olimpíadas de Berlín.Jessica Mitford en diciembre de 1963.La mitad de la pandilla: tres de las hermanas Mitford.Diana Mosley.
Pocas familias del siglo XX produjeron tal caudal de libros, artículos y ensayos como la de las hermanas Mitford. Nacidas para vivir y morir en un plácido anonimato, sus militancias políticas (una, nazi amiga de Hitler; otra, comunista en la Guerra Civil Española), sus estruendosos matrimonios, sus personalidades y los libros que ellas mismas escribieron las convirtieron en el centro de atención social, político y cultural durante más de cincuenta años. Una recorrida por ese derrotero, a la luz de la correspondencia entre ellas, recientemente editada en inglés, es también un paseo por el mundo de posguerra.
Hitler y Unity.Diana y Unity Mosley en Berlín, donde llegaron como invitadas especiales de Hitler durante las Olimpíadas de Berlín.Jessica Mitford en diciembre de 1963.La mitad de la pandilla: tres de las hermanas Mitford.Diana Mosley.
Por Juan Forn
La historia de las hermanas Mitford es como la historia del siglo XX contada por la revista Hola. O quizá sea al revés: la historia de las hermanas Mitford es como una revista Hola que se tomó un ácido. Los ingleses llevan más de medio siglo tratando de aclarar la cuestión y el tema ha terminado convirtiéndose en un género en sí mismo (Christopher Hitchens lo llama “mitfordiana”): hay biografías, ensayos, volúmenes de correspondencia, novelas, documentales, miniseries y hasta leyendas urbanas sobre las Mitford; incluso hubo una comedia musical en Broadway (The Mit Sisters, rebautizada por ellas, con su característico desdén, como “La triviata”).
Las Mitford eran seis hermanas de alta cuna, criadas para casarse con insulsos pares del Reino, dar descendencia y alcanzar después la más perfecta invisibilidad cuidando sus rosales en la campiña inglesa. “El nombre de una dama sólo debe aparecer tres veces en los periódicos: cuando nace, cuando se casa y cuando muere”, les decía a sus hijas Mamá Mitford (más conocida como Lady Redesdale). Mucha bola no le dieron, las nenas. Durante más de medio siglo se cansaron de ver aparecer su nombre en los diarios, unido al de Hitler, Churchill, Goebbels, De Gaulle, Faulkner, Wallis Simpson y John Kennedy, entre muchos otros. Ellas mismas alimentaron el fuego con sus extemporáneas decisiones matrimoniales y políticas y con las asombrosas intimidades propias y ajenas que confesaron en sus libros. Y mientras tanto, en todo momento se preguntaban con impostado fastidio cuándo llegaría el día en que la prensa las dejara tranquilas. Todas las familias mediáticas se parecen, diría Tolstoi, pero es difícil encontrar una que se parezca a la de las Mitford.
David Freeman-Mitford y su esposa Sydney (Lord y Lady Redesdale) criaron a sus seis hijas mujeres y su único hijo varón en una imponente mansión de la campiña inglesa. No eran precisamente ricos, cosa que disimularon haciéndose los excéntricos. Papá Mitford decía que no enviaba a sus hijas al colegio porque las harían jugar al hockey y él no quería que tuvieran pantorrillas gruesas. Mamá Mitford aprovechaba la visita mensual del veterinario para que revisara a las chicas y sostenía que vivir sin calefacción y comer todos los días puré de papas garantizaba el cutis marfilino que caracterizaba a las mujeres de la familia. Así fue como, mientras el único hijo varón (Tom) fue enviado a Eton y después a estudiar música en Viena, las seis chicas Mitford se pasaron la mitad de la infancia escondidas en el armario de ropa blanca, que era el único lugar templado de aquella mansión, perfeccionando la afiladísima lengua que sería su marca de fábrica y convenciéndose de que el único pasaporte de salida de la jaula era el casamiento.
Llegado a este punto, se impone un pequeño procedimiento mnemotécnico para que al lector no se le mezclen las hermanas. La operatoria habitual es definirlas así: Nancy, la mayor, fue la Escritora de Bestsellers; Pamela, la siguiente, fue la Lesbiana Rural; Diana, la tercera, fue la Belleza Fascista; Luego vienen las casi mellizas que compartían habitación: Unity, la Suicida por Amor a Hitler; y Jessica, La Comunista Desheredada. Y, para cerrar, la única que cumplió el anhelo materno, y la única de las hermanas Mitford que sigue con vida hasta el día de hoy: Deborah, duquesa de Devonshire. Ahora sí, la historia.
Nancy fue la primera en presentarse en sociedad y en comprometerse, con el aristócrata y esteta escocés Hamish Saint-Clair Erskine. Pero, de visita en Londres en casa de su amigo Evelyn Waugh, descubrió que su prometido era incorregiblemente gay e intentó suicidarse. Waugh le sugirió que, si quería vengarse, mejor que abrir las llaves de gas (y poner en peligro la integridad de él) sería ridiculizar a su prometido en un libro. Así escribió Nancy su primera novela, como huésped de Waugh, mientras su anfitrión escribía otra novela en el cuarto de al lado. El libro de él (Cuerpos viles), que usaba sin pudor muchos de los mohínes y modismos que Nancy había inventado con sus hermanas, lanzó a Waugh a la fama: las “Bright Young Things” que retrataba fueron el equivalente británico de las flappers de Fitzgerald. Nancy no tuvo la misma suerte con su libro, pero la notoriedad que le dio Waugh suplió con creces el desengaño, tanto literario como amoroso: durante cinco años brilló en los salones londinenses. Hasta que su despampanante hermana Diana se presentó en sociedad y se comprometió, en tiempo record, con el heredero de la fortuna cervecera Guinness.
Haciendo honor a su excentricidad, Papá y Mamá Mitford se opusieron en principio al casamiento de Diana (consideraban que el novio tenía demasiado dinero) pero finalmente la autorizaron después de que cumpliera los veinte años. Nancy, que ya arañaba los veintiocho y no quiso quedar desairada, se casó precipitadamente con el primer tipo que encontró, un diplomático mujeriego llamado Peter Rodd, con quien viviría más tiempo separada que juntos (nunca lo acompañó a sus destinos diplomáticos) hasta terminar divorciándose después de la Segunda Guerra. Pero también en el rubro divorcista Diana precedió a su hermana mayor: no habían pasado ni tres años de su casamiento con Bryan Guinness cuando lo dejó por, escándalo de escándalos, un hombre que, además de estar casado, era el fundador y líder de la Unión de Fascistas Británicos. Lo que escandalizó a Papá y Mamá Mitford de Sir Oswald Mosley no era su fascismo sino que Diana hiciera público que se había convertido en su amante, cuando Mosley no hizo el menor intento por separarse de su esposa.
Para seguir con la larga historia de escándalos de Diana y Mosley, hace falta antes hablar un poco sobre las otras hermanas. Pamela, la segunda de las chicas Mitford, nunca sintió la menor atracción por los brillos de Londres. Su desvelo era el mismo de sus hermanas: irse de la casa paterna. Pero, en su caso, sin dejar de vivir en el campo (Nancy la inmortalizaría en uno de sus libros repitiendo a todo aquel que la sacaba a bailar en las fiestas de sociedad: “Prefiero los animales a los hombres”).
Después de evitar durante años el acoso de un vecino llamado Johnny Betjeman, que la consideraba su “musa silvestre” (y que años después se convertiría en Sir John Betjeman, Poeta Laureado del Reino Unido), Pamela logró sacarse de encima en un solo movimiento a su admirador y a su familia con un matrimonio pantalla, ofrecido galantemente por su amigo el científico Derek Ainslie Jackson (que, poco después, continuaría por las suyas su notable carrera matrimonial: se casó siete veces más). Instalada en una casa de campo cedida por su ex marido, Pamela pudo dedicarse el resto de su vida a las tres únicas cosas que le importaban: el bajo perfil, la cocina y la jinete hípica italiana Giuditta Tommasi, con quien convivió casi sesenta años (tan felices fueron las dos que, sólo meses después de la muerte de Giuditta en 1993, Pamela la acompañó al otro mundo).
Unity y Jessica, las dos hermanas siguientes, se llevaban tres años entre sí, pero eran tan unidas como si fueran mellizas (de hecho, Nancy y Diana las llamaban a ambas con el mismo sobrenombre: “Hen”). No sólo compartían habitación sino que incluso se vestían igual, hasta el cisma que se produjo entre ambas llegada la adolescencia, cuando Unity se enroló en las Brigadas Fascistas de Mosley y Jessica se hizo comunista. Unity dejó primero la casa paterna: logró que la dejaran viajar a Munich, supuestamente a estudiar alemán, aunque su verdadero objetivo era conocer en persona a su ídolo, Adolf Hitler. Jessica no pidió permiso para irse de casa: se escapó a los dieciséis, junto al sobrino “rojo” de Winston Churchill (Esmond Romilly), a la Guerra Civil Española. Papá Mitford llamó furioso a Churchill para que solucionara el asunto y éste mandó un destructor británico a España para que trajera a los niños, pero ellos ya se habían casado y Jessica estaba embarazada.
Mientras tanto, en Munich, Unity había logrado atraer la atención de su ídolo, luego de asistir día tras día a la cervecería que Hitler frecuentaba con sus hombres y contemplarlo fijamente a la distancia. Tan simpática le resultó Unity a Hitler que aceptó conocer a Diana y a Mosley. El fascista británico hizo muy buenas migas con Goebbels pero no le simpatizó mucho al Führer. Diana, en cambio, le resultó encantadora y ambas hermanas fueron sus huéspedes de honor durante las Olimpíadas de Berlín en 1936. Estando las dos allá, se enteraron de que la esposa de Mosley había muerto inesperadamente en Inglaterra. Mosley apareció a los pocos días en Berlín y se casó con Diana en una ceremonia privada en casa de Goebbels, con Hitler y Unity como testigos.
Unity se quedó a vivir en Munich en un regio departamento que le había conseguido el Führer (cuando Papá y Mamá Mitford fueron de visita, en 1938, ella les contó que el piso había pertenecido a “unos judíos que se fueron tan precipitadamente que dejaron hasta las camas tendidas y la mesa servida”). A pesar de los celos de su entorno, Hitler elogió públicamente a Unity en el periódico nazi Der Sturmer como “perfecto espécimen de femineidad aria”. Ella envió una carta de agradecimeinto a la redacción pidiendo que mencionaran que su nombre completo de bautismo era Unity Walkyrie y que odiaba a los judíos “más que a nada en el mundo”. Cuando Inglaterra le declaró la guerra a Alemania, Unity fue hasta el Englischer Garten de Munich y se disparó un tiro en la sien, con tan mala suerte que quedó viva pero imbécil (ocho años después moriría a causa de las complicaciones cerebrales de aquel balazo).
También el matrimonio Mitford se haría pedazos a causa de la guerra: el padre de las chicas capituló de sus simpatías fascistas en nombre de la patria y abandonó a su esposa cuando ella prefirió mantenerse del mismo lado que Diana (que había sido enviada a prisión junto a Mosley) y Unity (de la cual debió hacerse cargo).
Las Mitford siguieron siendo noticia durante la guerra tal como lo habían sido durante toda la década anterior. Después de que se conociera la separación, Mamá Mitford sólo logró evitar a la prensa escondiéndose con la babeante Unity en una isla perdida en los lagos de Escocia. Mientras Tom, el único hijo varón, moría en el frente, Nancy dejó momentáneamente de lado su vocación por la frivolidad para hacerse cargo de su derrumbado padre y de la adolescente Deborah, además de trabajar como chofer de ambulancias y de funcionarios del gobierno. Pamela, la hermana rural, se ocupó de los dos hijos pequeños de Diana y Mosley hasta que Churchill accedió a liberar a la pareja, cuando la guerra ya se definía en favor de los Aliados. Y Jessica, la hermana comunista, envió desde Estados Unidos una furiosa carta abierta a los diarios cuestionando al Primer Ministro que dejara a su hermana y a Mosley en libertad.
Jessica había partido a Estados Unidos en 1938 con su marido, Romilly, luego de la derrota de los republicanos en España y de que su hijita muriera a pocas semanas de nacer. Cuando Inglaterra entró en la guerra, Romilly se enroló en la Fuerza Aérea canadiense. El encargado de anunciarle a Jessica que su marido había muerto en combate fue el propio Churchill, en un aparte de su reunión con Roosevelt, cuando viajó a Washington en 1941.
Así como todos estos episodios fueron ampliamente cubiertos por la prensa inglesa a pesar de la guerra, las hermanas siguieron acaparando titulares cuando la contienda terminó. Diana y Mosley tuvieron que irse a Irlanda dos años y después se instalaron en París, al comprobar que no podrían volver a vivir en Inglaterra. Mosley intentó sin éxito retomar su carrera política luego de un tibio mea culpa. Diana ni siquiera se dignó a un mea culpa: declaró a los cuatro vientos desde su residencia parisiense (a escasos metros de sus vecinos Eduardo de Windsor y Wallis Simpson) que eran los judíos los que impedían a su marido acceder a la banca que le correspondía en la Cámara de los Lores. Los servicios secretos ingleses durante la guerra tenían catalogada a Diana como “más nazi, más inteligente y más peligrosa que Lord Mosley”. No hacía falta ser del MI5: la irredimible Diana no tenía el menor empacho en comentar, por ejemplo, que nunca se le cruzaría por la cabeza tirar uno de sus broches de diamantes sólo porque tenía forma de svástica.
Nancy también terminó viviendo en París. Lo hizo siguiéndole los pasos al gran amor de su vida, el coronel Gaston Padelwski, mano derecha de De Gaulle, a quien había conocido cuando el gobierno francés en el exilio operaba desde Londres y a ella le tocó hacerle de chofer. Nancy se había hecho rica después de la guerra con la publicación de dos novelas muy autobiográficas sobre la infancia de las seis hermanas de las que hablaremos en breve, y con ese dinero se instaló en París a lo grande. Pero Padelwski nunca correspondió sus sentimientos (de hecho, se casó poco después con otra mujer). Nancy hizo de tripas corazón pero se quedó en París.
Las dos novelas autobiográficas (The pursuit of love y Love in a cold climate) que escribió apenas terminada la guerra eran exactamente lo que Inglaterra parecía necesitar en ese momento, porque convirtieron a Nancy en la escritora del momento. No fueron sólo las dos novelas sino un librito llamado Noblesse Oblige, en donde Nancy dividía el mundo entre lo U (por usable) y lo non-U (o impresentable), que se convirtió en la biblia de la clase media inglesa de posguerra. Cuando Padelwski le rompió el corazón y Nancy decidió dedicar todos sus afanes al buen vivir y buen vestir, todas las mujeres de Inglaterra seguían por las revistas los vestidos de Dior y los cristales de Lalique y las joyas de Cartier que ella acumulaba en su luminoso departamento parisiense, ignorando cándidamente que esa mujer que las fascinaba vivía tan necesitada de amor y abrumada por la soledad como ellas.
Después de unos años de silencio (el método habitual con que se castigaban unas a otras las Mitford), Nancy perdonó a Diana por sus intratables ideas políticas, así como Diana perdonó a Nancy por contar secretos de familia en sus dos novelas: no resistían vivir en la misma ciudad sin poder cotillear. No fue ése el caso con Jessica, que seguía viviendo en Estados Unidos. Diana culpó siempre a Jessica de haber testificado contra ella cuando la mandaron a prisión (aunque había sido Nancy quien la denunció como sospechosa de espionaje –y nunca se animó a confesárselo después–).
Al otro lado del Atlántico, Jessica leyó las dos novelas de Nancy y, al ver todo lo que Nancy había atenuado o dejado afuera, se sentó a escribir su propia memoria de esos años, con los nombres reales y su característico estilo personal (que Hitchens describe como una cruza entre Trotsky y Oscar Wilde). Lo que empezó como un rito privado, en los ratos libres que le dejaba su militancia sindical en la Costa Oeste norteamericana junto a su segundo marido, el activista Robert Treuhaft, terminó para su sorpresa en libro publicado (Hons & Rebels) y fue el comienzo de una formidable carrera como periodista de investigación. Su divisa fue: “Puede que lo que escriba no cambie el mundo, pero avergonzará un poco a los culpables”. Y su libro más conocido es el hoy clásico The American Way of Death (un exposé de la industria funeraria de Estados Unidos, en cuya portada había una foto de Jessica sentadita con las piernas cruzadas, como esperando turno, en un crematorio).
Diana declaró que sólo había una cosa más aburrida que el libro de memorias de Jessica y era cualquier otro libro de Jessica. Nancy, en cambio, le escribió a Jessica diciendo que los había disfrutado enormemente (cosa que, por supuesto, nunca le confesó a Diana). En una de esas cartas Nancy también le contó a Jessica que, cuando se leyó el testamento de Papá Mitford, decía textualmente: “Para Jessica, nada”, subrayado varias veces a mano (ella pidió conservar el documento como recuerdo).
En los años siguientes, mientras Jessica recorría los estados del Sur en un auto desvencijado, como integrante del movimiento de derechos civiles (una vez persiguió a William Faulkner una semana entera hasta lograr que éste firmara un petitorio en favor de un negro acusado de asesinar a un miembro del KKK), Diana y Nancy siguieron íntimas en París. Nancy mantuvo su status de best-seller con una serie de biografías históricas (Madame Pompadour, Federico el Grande). Diana, siguiendo su consejo, escribió la biografía de su amiga Wallis Simpson, después se hizo comentarista de libros para Vogue y finalmente decidió que no podía privar al mundo de sus memorias, que tituló A life in contrasts, y donde dice cosas como “Me consta que Hitler detestaba la crueldad contra los animales”, además de rememorar una infancia que no tiene ni el menor punto en común con los relatos de Nancy y de Jessica.
Mientras tanto, la menor de las seis hermanas, Deborah (bautizada Nine, o Nueve, por sus hermanas mayores, porque ésa era la edad mental en que quedó), logró lo que las otras cinco evitaron: casarse con un noble. Cuando Andrew Cavendish, Duque de Devonshire, llevó a su futura esposa a conocer la imponente y completamente venida abajo mansión familiar, Chatsworth, recién terminada la guerra, la joven decidió que vivirían allí. Y se salió con la suya. Con los años y un verdadero trabajo de hormiga, logró devolverle a la mansión su brillo de otrora. A comienzo de los años ’50 comenzó a cobrar entrada a los visitantes; con ese dinero y sus habilidades ahorrativas (ella misma se dedicó en los primeros tiempos al cuidado de los jardines y puso a Mamá Mitford a trabajar en la boletería), fue restaurando poco a poco la propiedad. También la alquilaba para películas de época (ver, por ejemplo, la versión de Orgullo y prejuicio con la bobita Kyra Knightley). Cuando por fin consideró que su obra estaba terminada, publicó un enorme libro ilustrado contando su odisea y sus dotes como lady of the manor en versión Mitford. Fue un best seller.
También fue un inesperado best seller el ladrillo de novecientas páginas publicado el año pasado, Letters between six sisters, que cuenta la historia de las Mitford a través de una selección de su intensa correspondencia y muestra en su máximo esplendor el brillo que tenía ese idioma que las hermanas empezaron a inventar en su niñez y siguieron perfeccionando hasta la tumba. En ese idioma, Pamela era Wo (apócope de woman, por sus tendencias lésbicas), Unity era Bobo, Nancy era Queen of Spades (“Reina de espadas”, por el filo de su lengua sibilina), Diana era Face (porque era, según Nancy, “la única de nosotras que tenía cara”, léase belleza). Y Diana les decía a todas Susan porque “no puedo acordarme de tantos nombres, lo lamento”.
La manera de apocopar palabras de las seis se incorporó, vía Evelyn Waugh, a la jerga coloquial de las clases altas inglesas (fab en lugar de fabuloso, ridic en lugar de ridículo, bor en lugar de boring, es decir aburrido) y lo mismo sucedió con la idea de que la máxima señal de intimidad en el mundo posh es no ser nunca llamado por el nombre de uno sino por algún sobrenombre, cuanto más absurdo mejor. En esas novecientas páginas delirantes, Unity le explica a Nancy lo que siente por su hermana más querida devenida comunista (el año es 1938): “Naturalmente no dudaría un segundo en disparar contra Jessica si mi causa me lo exigiera, y espero lo mismo de ella. Pero entre tanto no veo por qué no quiere que estemos en buenos términos”. Diana le dice a Deborah: “Nos hemos mentido, fallado, traicionado, quejado, burlado, espiado y despreciado unas a otras, es cierto, pero siempre de una manera muy fraternal” (en inglés, sisterly). Jessica trata de convencer a Nancy de que el desdén discriminatorio venía decididamente por vía paterna, a pesar de los esfuerzo de Mamá Mitford por superarlo: “Recuerda. Todo extranjero era inferior para él, excepto los judíos y los negros, que no calificaban como humanos siquiera. En realidad, creo que no le gustaba nadie en el mundo salvo cinco personas de su edad y de su sexo y de su familia, que se vestían como él invariablemente de tweed, que como él olían un poco a pólvora y otro poco a coliflor, y que tenían todos esa nariz morada que caracteriza al bebedor consuetudinario”.
La primera de las Mitford en morir (después de Unity, claro) fue Nancy, en 1973. Las otras cuatro hermanas convergieron en París para cuidarla en sus horas finales. Fue el único encuentro entre Diana y Jessica desde 1935, y no se dirigieron la palabra ni cuando se pasaban el termómetro por encima de la cama. La siguiente en morir, en 1994, fue la rural Pamela, con su discreción característica: de noche, sola, durmiendo, en su cama. La siguiente fue Jessica, en 1996, con su proverbial estruendo: a su entierro en Nueva York fueron seiscientas personas, hablaron Susan Sontag, Maya Angelou y Gore Vidal, y la industria funeraria norteamericana le rindió público homenaje, bautizando al modelo de ataúd más barato de cada firma con el sobrenombre con que todos conocían a Jessica: Decca. El alto perfil del evento parece que disuadió a las hermanas supervivientes; ninguna viajó al entierro.
Ya se dijo que Debo, o Nine, sigue viva (faltó decir que, a los ochenta y ocho años, le tocó enfrentar su primer episodio mitfordiano de prensa: los diarios sensacionalistas ingleses se hicieron un festín el año pasado revelando que la oronda Duquesa de Devonshire tuvo al parecer un ardoroso romance con John Fitzgerald Kennedy durante los años ’50). En cuanto a Diana, hizo honor al dicho sobre la hierba mala: sobrevivió largamente a todas las personas de su época, incluyendo a su marido. Pero a veces se producen ramalazos de justicia poética: Lady Mosley, también conocida como Diana Mitford, murió a causa de la ola de calor que se produjo durante el verano parisiense de 2003, a los noventa y tres años.
Las hermanas Mitford se inventaron un mundo propio en su infancia, cuando sus padres les prohibieron tratar con otra gente de su edad. Aunque después no se privaron de conocer a nadie, y vivieron literalmente en una vidriera durante más de medio siglo, siguieron habitando su mundo privado hasta que murieron, cada una a su manera. Nancy le dijo una vez a un periodista: “Compadezco a los hijos únicos. Es bueno tener hermanas cuando a una le toca enfrentar las más crueles circunstancias de la vida”. Cuando Jessica leyó esas declaraciones, comentó: “Yo creía que las más crueles circunstancias de la vida son las hermanas”.
Domingo, 8 de Febrero de 2009. Suplemento Radar
martes, 10 de febrero de 2009

A la orilla del río
un niño solo
con su perro.
A la orilla del río
dos soledades
tímidas,
que se abrazan.
¿Qué mar oscuro,
qué mar oscuro,
los rodea,
cuando el agua es de cielo
que llega danzando
hasta las gramillas?
A la orilla del río
dos vidas solas,
que se abrazan.
Solos, solos, quedaron
cerca del rancho.
La madre fue por algo.
El mundo era una crecida
nocturna.
¿Por qué el hambre y las piedras
y las palabras duras?
había enredaderas
que se miraban,
y sombras de sauces,
que se iban,
y ramas que quedaban...
Solos de pronto, solos,
ante la extraña noche
que subía, y los rodeaba:
del vago, del profundo
terror igual,
surgió el desesperado
anhelo de un calor
que los flotara.
A la orilla del río
dos soledades puras
confundidas
obre una isla efímera
de amor desesperado.
El animal temblaba.
¿De qué alegría
temblaba?
El niño casi lloraba.
¿De qué alegría
casi lloraba?
A la orilla del río
un niño solo
con su perro.
De El aire conmovido, 1949.
Biografía
Juan Laurentino Ortiz; Puerto Ruiz, 1896 - Paraná, 1978. Poeta argentino, conocido como Juanele. Se le considera una de las figuras fundamentales de su país, en el mismo plano singular y secreto en el que se ubica la influencia de Macedonio Fernández u O. Girondo.Vivió su infancia en el medio rural de la Mesopotamia argentina y residió de joven en Buenos Aires, donde se vinculó a los ambientes políticos e intelectuales del anarquismo. Vuelto a su provincia natal de Entre Ríos, trabajó como empleado público y llevó una vida retirada que no le impidió ejercer una notable influencia estilística sobre las jóvenes generaciones.Se inició bajo la influencia de la poesía intimista posterior al modernismo para después evolucionar hacia acentos más personales, entre los que destaca un sentimiento cósmico del paisaje y un humanitarismo solidario. Apartado de los círculos literarios, su obra tuvo escasa difusión y se publicó de manera dispersa en varios poemarios (El agua y la noche, El alba sube, El ángel inclinado, La rama hacia el Este, El álamo y el viento, El aire conmovido, La mano infinita y La brisa profunda) que en 1971 se reunieron en tres volúmenes bajo el título En el aura del sauce.
La patria

Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centrofordwards, livianos, Fangio solo, tenientes
primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto.Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en pelea,
si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.
Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.
las tías
y esa mitología de tías solteronas que intercambian los peines grasientos del sobrino: en la guerra: en la frontera: tías que peinan: tías que sin objeto ni destino: babas como lame: laxas: se oxidan: y así 'flotan': flotan así, como esos peines que las tías de los muchachos en las guerras limpian: desengrasan, depilan: sin objeto: en los escapularios ese pubis enrollado de un niño que murió en la frontera, con el quepís torcido; y en las fotos las muecas de los niños en el pozo de la frontera entre las balas de la guerra y la mustia mirada de las tías: en los peines: engrasados y tiesos: así las babas que las tías desovan sobre el peine del muchacho que parte hacia la guerra y retocan su jopo: y ellas piensan: que ese peine engrasado por los pelos del pubis de ese muchacho muerto por las balas de un amor fronterizo guarda incluso los pelos de las manos del muchacho que muerto en la frontera de esa guerra amo-rosa se tocaba: ese jopo; y que los pelos, sucios, de ese muchacho, como un pubis caracoleante en los escapularios, recogidos del baño por la rauda partera, cogidos del bidet, en el momento en que ellos, solitarios, que recuerdan sus tías que murieron en los campos cruzados de la guerra, se retocan: los jopo; y las tías que mueren con el peine del muchacho que fue muerto en las garras del vicio fronterizo entre los dientes: muerden: degustan desdentadas la gomina de los pelos del peine de los chicos que parten a la muerte en la frontera, el vello despeinado.
Néstor Perlongher
Néstor Perlongher
Evita vive by nestor Perlongher

1.
Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera". Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?". El negro se mordió un labio porque vio que yo había entrado en la sofocación, y a mí, en esa época, cuando me venía una rabieta era terrible –ahora no tanto, estoy, no sé, más armoniosa–. Pero en ese tiempo era lo que podía decirse una marica mala, de temer. Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no la había visto): "¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita". "¿Evita?"–dije, yo no lo podía creer– . "¿Evita, vos?" –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad– no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda, pero claro, no era cosa de aparecer como una bruta que se desconcierta ante cualquier visita inesperada. "Evita, querida" –ay, pensaba yo–"¿no querés un poco de cointreau?" (porque yo sabía que a ella le encantaban las bebidas finas). "No te molestes, querida, ahora tenemos otras cosas que hacer, ¿no te parece?" "Ay, pero esperá", le dije yo, "contame de dónde se conocen, por lo menos". "De hace mucho, preciosa, de hace mucho, casi como del África" (después Jimmy me contó que se habían conocido hacía una hora, pero son matices que no hacen a la personalidad de ella. ¡Era tan hermosa!) "¿Querés que te cuente cómo fue?" Yo ansiosa, total igual tenía el encame asegurado: "Sí, sí, ay Evita, ¿no querés un cigarrillo?", pero me quedé con las ganas para siempre de enterarme de esa mentira (o me habrá mentido el negro, nunca lo supe) porque Jimmy se pudrió de tanta charla y dijo: "Bueno, basta", le agarró la cabeza –ese rodete todo deshecho que tenía– y se la puso entre las piernas. La verdad es que no sé si me acuerdo más de ella o de él, bueno, yo soy tan puta, pero de él no voy a hablar hoy, lo único que el negro ese día estaba tan gozoso que me hizo gritar como una puerca, me llenó de chupones, en fin. Después al otro día ella se quedó a desayunar y mientras Jimmy salió a comprar facturas, ella me dijo que era muy feliz, y si no quería acompañarla al Cielo, que estaba lleno de negros y rubios y muchachos así. Yo mucho no se lo creí, porque si fuera cierto, para qué iba a venir a buscarlos nada menos que a la calle Reconquista, no les parece... pero no le dije nada, para qué; le dije que no, que por el momento estaba bien, así, con Jimmy (hoy hubiera dicho "agotar la experienc ia", pero en esa época no se usaba), y que, cualquier cosa, me llamara por teléfono, porque con los marineros, viste, nunca se sabe. Con los generales tampoco, me acuerdo que dijo ella, y estaba un poco triste. Después tomamos la leche y se fue. De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó (han pasado tantos, tantos). El pañuelito decía Evita y tenía dibujado un barco. ¿El recuerdo más vivo? Bueno, ella, tenía las uñas largas muy pintadas de verde –que en ese tiempo era un color muy raro para uñas– y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba.
2.
Estábamos en la casa donde nos juntábamos para quemar, y el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete... Yo le veía cara conocida y supongo que los otros también, pero era un poco bobo, andaba con Jaime que se estaba picando con Instilasa y yo le tenía la goma, se lo comenté en voz baja y él me dijo algo así como: "cortála loco sabés que sí". Con los ojos en blanco, parecía hacerlo de modo impersonal. Nos sentamos todos en el piso y ella empezó a sacar joints y joints, el flaco de la droga le metía la mano por las tetas y ella se retorcía como una víbora. Después quiso que la picaran en el cuello, los dos se revolcaban por el piso y los demás mirábamos. Jaime apenas me daba un beso largo, muy suave, para eso sí que era genial, porque dos pendejos repálidos se rayaron totalmente entre lo gay y la vieja y se fueron. Pero estaban los blues en la puerta y a los cinco minutos se aparecieron todos con el subcomisario inclusive, chau loco, acá perdimos, menos mal que no había ningún menor porque Jaime había cumplido los 18 la semana pasada, pero igual loco, le habíamos pedido el rouge a Evita y estábamos casi todos pintados como puertas tipo Alice Cooper. Los azules entraron muy decididos, el comi adelante y los agentes atrás, el flaco que andaba con un bolsón lleno de pot le dijo: "Un momento, sargento" pero el cana le dio un empujón brutal, entonces ella, que era la única mujer, se acomodó el bretel de la solera y se alzó: "Pero pedazo de animal, ¿cómo vas a llevar presa a Evita?" El ofiche pálido, los dos agentes sacaron las pistolas, pero el comi les hizo un gesto que se volvieran a la puerta y se quedaran en el molde. "No, que oigan, que oigan todos –dijo la yegua– , ahora me querés meter en cana cuando hace 22 años, sí, o 23, yo misma te llevé la bicicleta a tu casa para el pibe, y vos eras un pobre conscripto de la cana, pelotudo, y si no me querés creer, si te querés hacer el que no te acordás, yo sé lo que son las pruebas". (Chau, fue un delirio increíble, le rasgó la camisa al cana a la altura del hombro y le descubrió una verruga roja gorda como una frutilla y se la empezó a chupar, el taquero se revolvía como una puta, y los otros dos que estaban en la puerta fichando primero se cagaban de risa, pero después se empezaron a llenar de pavor porque se dieron cuenta de que sí, que la mina era Evita). Yo aproveché para chuparle la pija a Jaime delante de los canas que no sabían qué hacer, ni dónde meterse: de pronto el flaco del trafic entró en el circo y se puso a gritar: "Compañeros, compañeros, quieren llevar presa a Evita" por el pasillo. La gente de las otras piezas empezó a asomarse para verla, y una vieja salió gritando: "Evita, Evita vino desde el cielo". La cosa es que los canas se las tomaron, largaron a los dos pendejos que encima se hacían muy los chetos, y ella se fue caminando muy tranquila con el flaco, diciéndole a la gente que estaba en el patio primero y después en la puerta: "Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados". Chau loco, hasta los viejos lloraban, algunos se le querían acercar, pero ella les decía: "Ahora debo irme, debo volver al cielo" decía Evita. Nosotros nos quedamos quemando un poco más y ya nos íbamos, entonces algunas tipas nos hicieron pasar a las habitaciones para que les contáramos –las mismas que hasta hacía una hora nos habían hecho una guerra que no podía ser–. Jaime y yo les hicimos toda una historieta: ella decía que había que drogarse porque se era muy infeliz, y chau, loco, si te quedabas down era imbancable. Claro, la gente no nos entendía, pero como no estábamos haciendo laburo de base sino sólo public relations para tener un lugar no pálido donde tripear, no nos importaba. Estábamos relocos y las viejas déle coparse con el llanto, nosotros les pedimos que ese bajón de anfeta lo cortaran, sí, total, Evita iba a volver: había ido a hacer un rescate y ya venía, ella quería repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbien, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife.
3.
Si te digo dónde la vi la primera vez, te mentiría. No me debe haber causado ninguna impresión especial, la flaca era una flaca entre las tantas que iban al depto de Viamonte, todas amigas de un marica joven que las tenía ahí, medio en bolas, para que a los guachos se nos parara pronto. La cosa es que todos –y todas– sabían dónde podían encontrarnos, en el snack de Independencia y Entre Ríos. Allí el putito Alex nos mandaba, cada vez que podía, viejos y viejas, que nos adornaban con un par de palos, así después a él le hacíamos gratis el favor y no le andábamos afanando el grabador o las pilchas. De ésa me acuerdo por cómo se acercó, en un Carabela negro manejado por un mariconcito rubio, que yo ya me lo había garchado una vez en el Rosemarie. Con las pibas estábamos haciendo pinta junto al puesto de flores, así que me llamó aparte y me dijo: "Tengo una mina para vos, está en el coche." La cosa era conmigo, nomás. Subí. "Me llamo Evita, ¿y vos?" "Chiche", le contesté. "Seguro que no sos un travesti, preciosura. A ver, ¿Evita qué?". "Eva Duarte", me dijo "y por favor, no seas insolente o te bajás". "¿Bajarme?, ¿bajárseme a mí?", le susurré en la oreja mientras me acariciaba el bulto. "Dejáme tocarte la conchita, a ver si es cierto". ¡Hubieras visto cómo se excitaba cuando le metí el dedo bajo la trusa! Así que fuimos al hotel de ella; el putito quiso ver mientras me duchaba y ella se tiraba en la cama. También, con el pedazo que tengo, hacen cola para mirarlo nomás. Ella era una puta ladina, la chupaba como los dioses. Con tres polvachos la dejé hecha y guardé el cuarto para el marica, que, la verdad, se lo merecía. La mina era una mujer, mujer. Tenía una voz cascada, sensual, como de locutora. Me pidió que volviera, si precisaba algo. Le contesté no, gracias. En la pieza había como un olor a muerta que no me gustó nada. Cuando se descuidó abrí un estuche y le afané un collar. Para mí que el puto Francis se dio cuenta, pero no dijo nada. Cuando me lo terminé de garchar me dijo, con la boca chorreando leche: "Todos los machos del país te envidiarían, chiquito; te acabás de coger a Eva". Ni dos días habían pasado cuando llego a casa y me encuentro a la vieja llorando en la cocina, rodeada por dos canas de civil. "Desgraciado –me gritó–. ¿Cómo pudiste robar el collar de Evita?" La joya estaba sobre la mesa. No la había podido reducir porque, según el Sosa, era demasiado valiosa para comprarla él y no me quería estafar. Los de Coordina no me preguntaron nada: me dieron una paliza brutal y me advirtieron que si contaba algo de lo del collar me reventaban. De esa esquina y del depto de los trolos los vagos nos borramos. Por eso los nombres que doy acá son todos falsos.
[Evita vive puede ser considerado un auténtico cuento maldito en la historia de la literatura argentina. Blasfemia, aguda comprensión del tema y osadía se unen en este texto que el autor fechó en 1975. Antes que en castellano se conoció en inglés, como "Evita Lives", traducido por E. A. Lacey e incluido en My deep dark pain is love, (selección de textos de Winston Leyland. Gay Sunshine Press, San Francisco, 1983). Luego se publicó en Suecia como "Evita vive", en Salto mortal ng 8-9, Jarfalla, mayo de 1985; y al fin en Cerdosy Peces n911, abril de 1987, y luego en El Porteño nº 88, abril 1989. La publicación de este cuento en Buenos Aires causó una polémica pública de la cual se hizo cargo una nota editorial firmada por el Consejo de Redacción de la revista El Porteño ("Un mes movido") en el número de mayo, publicándose además una respuesta de Raúl Barreiros ("Evita botarate los dislates"), entonces Director de Radio Provincia de Buenos Aires.]( Nota de "Prosa Plebeya")
Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera". Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?". El negro se mordió un labio porque vio que yo había entrado en la sofocación, y a mí, en esa época, cuando me venía una rabieta era terrible –ahora no tanto, estoy, no sé, más armoniosa–. Pero en ese tiempo era lo que podía decirse una marica mala, de temer. Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no la había visto): "¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita". "¿Evita?"–dije, yo no lo podía creer– . "¿Evita, vos?" –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad– no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda, pero claro, no era cosa de aparecer como una bruta que se desconcierta ante cualquier visita inesperada. "Evita, querida" –ay, pensaba yo–"¿no querés un poco de cointreau?" (porque yo sabía que a ella le encantaban las bebidas finas). "No te molestes, querida, ahora tenemos otras cosas que hacer, ¿no te parece?" "Ay, pero esperá", le dije yo, "contame de dónde se conocen, por lo menos". "De hace mucho, preciosa, de hace mucho, casi como del África" (después Jimmy me contó que se habían conocido hacía una hora, pero son matices que no hacen a la personalidad de ella. ¡Era tan hermosa!) "¿Querés que te cuente cómo fue?" Yo ansiosa, total igual tenía el encame asegurado: "Sí, sí, ay Evita, ¿no querés un cigarrillo?", pero me quedé con las ganas para siempre de enterarme de esa mentira (o me habrá mentido el negro, nunca lo supe) porque Jimmy se pudrió de tanta charla y dijo: "Bueno, basta", le agarró la cabeza –ese rodete todo deshecho que tenía– y se la puso entre las piernas. La verdad es que no sé si me acuerdo más de ella o de él, bueno, yo soy tan puta, pero de él no voy a hablar hoy, lo único que el negro ese día estaba tan gozoso que me hizo gritar como una puerca, me llenó de chupones, en fin. Después al otro día ella se quedó a desayunar y mientras Jimmy salió a comprar facturas, ella me dijo que era muy feliz, y si no quería acompañarla al Cielo, que estaba lleno de negros y rubios y muchachos así. Yo mucho no se lo creí, porque si fuera cierto, para qué iba a venir a buscarlos nada menos que a la calle Reconquista, no les parece... pero no le dije nada, para qué; le dije que no, que por el momento estaba bien, así, con Jimmy (hoy hubiera dicho "agotar la experienc ia", pero en esa época no se usaba), y que, cualquier cosa, me llamara por teléfono, porque con los marineros, viste, nunca se sabe. Con los generales tampoco, me acuerdo que dijo ella, y estaba un poco triste. Después tomamos la leche y se fue. De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó (han pasado tantos, tantos). El pañuelito decía Evita y tenía dibujado un barco. ¿El recuerdo más vivo? Bueno, ella, tenía las uñas largas muy pintadas de verde –que en ese tiempo era un color muy raro para uñas– y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba.
2.
Estábamos en la casa donde nos juntábamos para quemar, y el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete... Yo le veía cara conocida y supongo que los otros también, pero era un poco bobo, andaba con Jaime que se estaba picando con Instilasa y yo le tenía la goma, se lo comenté en voz baja y él me dijo algo así como: "cortála loco sabés que sí". Con los ojos en blanco, parecía hacerlo de modo impersonal. Nos sentamos todos en el piso y ella empezó a sacar joints y joints, el flaco de la droga le metía la mano por las tetas y ella se retorcía como una víbora. Después quiso que la picaran en el cuello, los dos se revolcaban por el piso y los demás mirábamos. Jaime apenas me daba un beso largo, muy suave, para eso sí que era genial, porque dos pendejos repálidos se rayaron totalmente entre lo gay y la vieja y se fueron. Pero estaban los blues en la puerta y a los cinco minutos se aparecieron todos con el subcomisario inclusive, chau loco, acá perdimos, menos mal que no había ningún menor porque Jaime había cumplido los 18 la semana pasada, pero igual loco, le habíamos pedido el rouge a Evita y estábamos casi todos pintados como puertas tipo Alice Cooper. Los azules entraron muy decididos, el comi adelante y los agentes atrás, el flaco que andaba con un bolsón lleno de pot le dijo: "Un momento, sargento" pero el cana le dio un empujón brutal, entonces ella, que era la única mujer, se acomodó el bretel de la solera y se alzó: "Pero pedazo de animal, ¿cómo vas a llevar presa a Evita?" El ofiche pálido, los dos agentes sacaron las pistolas, pero el comi les hizo un gesto que se volvieran a la puerta y se quedaran en el molde. "No, que oigan, que oigan todos –dijo la yegua– , ahora me querés meter en cana cuando hace 22 años, sí, o 23, yo misma te llevé la bicicleta a tu casa para el pibe, y vos eras un pobre conscripto de la cana, pelotudo, y si no me querés creer, si te querés hacer el que no te acordás, yo sé lo que son las pruebas". (Chau, fue un delirio increíble, le rasgó la camisa al cana a la altura del hombro y le descubrió una verruga roja gorda como una frutilla y se la empezó a chupar, el taquero se revolvía como una puta, y los otros dos que estaban en la puerta fichando primero se cagaban de risa, pero después se empezaron a llenar de pavor porque se dieron cuenta de que sí, que la mina era Evita). Yo aproveché para chuparle la pija a Jaime delante de los canas que no sabían qué hacer, ni dónde meterse: de pronto el flaco del trafic entró en el circo y se puso a gritar: "Compañeros, compañeros, quieren llevar presa a Evita" por el pasillo. La gente de las otras piezas empezó a asomarse para verla, y una vieja salió gritando: "Evita, Evita vino desde el cielo". La cosa es que los canas se las tomaron, largaron a los dos pendejos que encima se hacían muy los chetos, y ella se fue caminando muy tranquila con el flaco, diciéndole a la gente que estaba en el patio primero y después en la puerta: "Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados". Chau loco, hasta los viejos lloraban, algunos se le querían acercar, pero ella les decía: "Ahora debo irme, debo volver al cielo" decía Evita. Nosotros nos quedamos quemando un poco más y ya nos íbamos, entonces algunas tipas nos hicieron pasar a las habitaciones para que les contáramos –las mismas que hasta hacía una hora nos habían hecho una guerra que no podía ser–. Jaime y yo les hicimos toda una historieta: ella decía que había que drogarse porque se era muy infeliz, y chau, loco, si te quedabas down era imbancable. Claro, la gente no nos entendía, pero como no estábamos haciendo laburo de base sino sólo public relations para tener un lugar no pálido donde tripear, no nos importaba. Estábamos relocos y las viejas déle coparse con el llanto, nosotros les pedimos que ese bajón de anfeta lo cortaran, sí, total, Evita iba a volver: había ido a hacer un rescate y ya venía, ella quería repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbien, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife.
3.
Si te digo dónde la vi la primera vez, te mentiría. No me debe haber causado ninguna impresión especial, la flaca era una flaca entre las tantas que iban al depto de Viamonte, todas amigas de un marica joven que las tenía ahí, medio en bolas, para que a los guachos se nos parara pronto. La cosa es que todos –y todas– sabían dónde podían encontrarnos, en el snack de Independencia y Entre Ríos. Allí el putito Alex nos mandaba, cada vez que podía, viejos y viejas, que nos adornaban con un par de palos, así después a él le hacíamos gratis el favor y no le andábamos afanando el grabador o las pilchas. De ésa me acuerdo por cómo se acercó, en un Carabela negro manejado por un mariconcito rubio, que yo ya me lo había garchado una vez en el Rosemarie. Con las pibas estábamos haciendo pinta junto al puesto de flores, así que me llamó aparte y me dijo: "Tengo una mina para vos, está en el coche." La cosa era conmigo, nomás. Subí. "Me llamo Evita, ¿y vos?" "Chiche", le contesté. "Seguro que no sos un travesti, preciosura. A ver, ¿Evita qué?". "Eva Duarte", me dijo "y por favor, no seas insolente o te bajás". "¿Bajarme?, ¿bajárseme a mí?", le susurré en la oreja mientras me acariciaba el bulto. "Dejáme tocarte la conchita, a ver si es cierto". ¡Hubieras visto cómo se excitaba cuando le metí el dedo bajo la trusa! Así que fuimos al hotel de ella; el putito quiso ver mientras me duchaba y ella se tiraba en la cama. También, con el pedazo que tengo, hacen cola para mirarlo nomás. Ella era una puta ladina, la chupaba como los dioses. Con tres polvachos la dejé hecha y guardé el cuarto para el marica, que, la verdad, se lo merecía. La mina era una mujer, mujer. Tenía una voz cascada, sensual, como de locutora. Me pidió que volviera, si precisaba algo. Le contesté no, gracias. En la pieza había como un olor a muerta que no me gustó nada. Cuando se descuidó abrí un estuche y le afané un collar. Para mí que el puto Francis se dio cuenta, pero no dijo nada. Cuando me lo terminé de garchar me dijo, con la boca chorreando leche: "Todos los machos del país te envidiarían, chiquito; te acabás de coger a Eva". Ni dos días habían pasado cuando llego a casa y me encuentro a la vieja llorando en la cocina, rodeada por dos canas de civil. "Desgraciado –me gritó–. ¿Cómo pudiste robar el collar de Evita?" La joya estaba sobre la mesa. No la había podido reducir porque, según el Sosa, era demasiado valiosa para comprarla él y no me quería estafar. Los de Coordina no me preguntaron nada: me dieron una paliza brutal y me advirtieron que si contaba algo de lo del collar me reventaban. De esa esquina y del depto de los trolos los vagos nos borramos. Por eso los nombres que doy acá son todos falsos.
[Evita vive puede ser considerado un auténtico cuento maldito en la historia de la literatura argentina. Blasfemia, aguda comprensión del tema y osadía se unen en este texto que el autor fechó en 1975. Antes que en castellano se conoció en inglés, como "Evita Lives", traducido por E. A. Lacey e incluido en My deep dark pain is love, (selección de textos de Winston Leyland. Gay Sunshine Press, San Francisco, 1983). Luego se publicó en Suecia como "Evita vive", en Salto mortal ng 8-9, Jarfalla, mayo de 1985; y al fin en Cerdosy Peces n911, abril de 1987, y luego en El Porteño nº 88, abril 1989. La publicación de este cuento en Buenos Aires causó una polémica pública de la cual se hizo cargo una nota editorial firmada por el Consejo de Redacción de la revista El Porteño ("Un mes movido") en el número de mayo, publicándose además una respuesta de Raúl Barreiros ("Evita botarate los dislates"), entonces Director de Radio Provincia de Buenos Aires.]( Nota de "Prosa Plebeya")
forever LOST

A estas alturas, después de más setenta capítulos devorados en cuatro años, ya soy un experto en esperar que vuelva Lost. Ya no siento ese dolor punzante en las tripas, ni me muerdo las uñas. Y es que, en todo este tiempo, nuestra relación ha madurado mucho. ¡Ah, me acuerdo cuando acabó la primera temporada, qué desazón más grande!Me quedé con los ojos como huevoduros, viendo cómo Jack y Locke abrían por fin la puerta secreta y la cámara bajaba hacia el negro más profundo. Y después nada: cuatro meses enteros de ansiedad, de conjeturas y abstinencia.
La primera temporada de Lost fue como el inicio de un noviazgo salvaje. Como esos amores a primera vista en donde sólo cabe pensar que la vida será siempre maravillosa y que nada, en todo el mundo, nos sacará del paraíso. Acción, suspenso, misterio… Pero entonces, un día cualquiera, ella, la mujer amada, nos dice: Corazón, tengo que irme cuatro meses a estudiar a Suiza, ¿me esperas? Y el mundo se viene abajo. Pero no el amor.Y nos quedamos esas dieciséis semanas como estúpidos, pensando en el día exacto en que volveremos a sus brazos. La distancia, en vez de dar respuestas, nos llena de nuevas preguntas: ¿pensará ella en mí?, ¿qué hacía un oso polar en una isla del Pacífico?, ¿se habrá acostado con algún estudiante de intercambio?, ¿qué misterios esconderán Los Otros...? Intentamos distraernos, salir a la calle, ver a otras mujeres, pero nada tiene sentido sin sus besos. Vemos tres o cuatro episodios de CSI, coqueteamos con Grissom, pero nada es lo mismo si nos faltan los apodos de Sawyer. Nuestra cabeza está en otra parte, en la brisa de la isla, lejos, en un futuro que nunca había tardado tanto.Y entonces, un día, suena el timbre y vemos el primer episodio de la segunda temporada. ¡Qué dicha más grande, cuántos abrazos! Volver a ver un nuevo episodio después de tanto tiempo es como tocar el cielo con las manos. Es tan grande la necesidad de Lost que no importa que las nuevas tramas no traigan consigo ni una sola respuesta a las viejas preguntas. Ni una. Como cuando regresa de Suiza la novia amada y no nos quiere contar qué ha hecho, con quién ha estado, si ha conocido a alguien. Y además llega con el pelo corto y fumando Lucky Strike. Mala cosa. Pero no nos importa, claro que no, mientras esté otra vez en casa, sana y salva. Le perdonamos el silencio porque la amamos.La amamos tanto, y ella a nosotros, que un buen día decidimos vivir juntos, ser una pareja formal, y entonces comienza la rutina del amor. Descubrimos en ella algunos defectos: deja las ollas sucias sin remojar, abre nuevas incógnitas sin cerrar las anteriores, aprieta la pasta de dientes por adelante, aparece una imagen del gordo Hugo en un flashback de Sayid, no sabe cocinar un huevo frito, hace uso abusivo del humo negro… Pero no nos importa: estamos enamorados.La segunda temporada de Lost es un matrimonio entre la serie y el espectador. El salvajismo del amor le ha dejado paso al disfrute de las pequeñas cosas, a la caricia velada y al café con leche por las mañanas de domingo. Ya sabemos que nada es tan perfecto en la pareja, que hay muchos flashbacks que no tienen sentido aparente, que hay roces y gestos desganados...Pero nadie nos quita del sofá los jueves por la noche. Estamos cómodos en casa, es bueno sentir el calor del otro cuerpo, aunque no nos creamos que Walt haya crecido tanto. Somos una pareja estable.Y entonces ocurre la primera crisis. Al final de la segunda temporada, justo cuando Los Otros atrapan a cuatro de nuestros mejores náufragos, ella nos dice: Necesito espacio, me voy a casa de mamá unos meses para pensar mejor... Y otra vez nos deja solos en casa, sin entender que va a pasar con nuestras vidas, ni tampoco a dónde se ha ido Michael en ese barco tan pequeño.Pero nosotros ya no somos aquel novio primerizo que no sabe qué hacer sin el amor de su vida. En este segundo impás nos sentimos vivos, andamos en calzoncillos por toda la casa, disfrutamos la soltería... Y un día conocemos a Héroes (la abstinencia absoluta es difícil) y le ponemos los cuernos a Lost mientras está ausente. Héroes es una serie intensa, hay gente que vuela, señoritas que se caen de los puentes y no se hacen nada, policías telepáticos, japoneses simpatiquísimos. Heroes es una adolescente con ganas de experimentar en la cama. Aprendemos con ella cosas nuevas, nos sentimos inmortales. Tenemos una amante más joven, ¡ah!, qué maravilla es la vida, qué fabulosa la televisión yanqui.Pero una tarde de domingo, mientras estamos con Heroes en la cama, justo en medio del clímax, nos equivocamos de nombre y le decimos Lost. “Ah, sí, sí, Lost, un poquito más abajo, ahí, en la escotilla”. Y Heroes se pone como loca, se levanta de la cama y se va dando un portazo. Mucho no nos importa, porque desde el episodio once se estaba poniendo bastante pelotuda, con muchas explosiones y tramas cruzadas que no iban a ninguna parte.Como por arte de magia, a la semana siguiente vuelve a casa Lost y sólo al verla, no antes, justo cuando aparecen en pantalla las primeras escenas, descubrimos cuánto la habíamos echado de menos.
La tercera temporada de Lost es la esencia del amor de pareja. Ha quedado tan lejos el oso polar, las primeras incógnitas, los subidones de adrenalina, la falta de respuestas… Todo es tan lejano y a la vez está allí, sin condiciones. La tercera temporada es una mujer madura que ya ha vivido todas las vidas y ha regresado a nosotros por elección final, por voluntad superior.Las historias son más pequeñas y nos devuelven los sueños. Y esta vez sabemos, además, que nada es para siempre.El último abandono no duró tres o cuatro meses, como los anteriores. Esta vez fue casi un año entero sin un nuevo episodio de Lost. Pero como dije, ya soy un experto en esperar que vuelva. Cuando me siento triste miro capítulos viejos y recuerdo los antiguos besos, las primeras caricias; o entro a los foros de Internet para escuchar a otros hacer conjeturas. Que todos están muertos y la isla es El Limbo, que se trata de un universo paralelo y el avión no cayó en este mundo, que la isla es una segunda oportunidad para seres desdichados. Que Hugo es Dios. ¡Cuántas cosas se dicen por ahí, y qué poco me importa!Ahora que ya ha comenzado la cuarta temporada, yo estoy muy tranquilo. Sí, es verdad, he mandado las sábanas a la tintorería para que huelan mejor, y compré vajilla moderna para el desayuno, y estuve haciendo un poco de ejercicio para que, cuando ella llegue, no me vea descuidado. Pero no estoy ansioso. Ni siquiera le he preguntado a dónde ha ido en estos meses, ni por qué se mueve tanto la cabaña de Jacob, ni cuánto tiempo piensa quedarse esta vez en casa. No. No haré preguntas. Ella, a cambio de mi ingenuidad, a veces me regala polvos monumentales como el del viernes pasado.
La cuarta temporada de Lost es el amor puro entre una historia y su espectador, ese mismo amor fundamental que se explica en el Nuevo Testamento y al que muy pocas almas pueden acceder. Es el amor que todo lo sufre, que todo lo cree, que todo lo espera, y que todo lo soporta. Como el amor de Penélope y Desmond. Yo creo en Lost cuando me dice la verdad, pero también amo a Lost cuando me miente. Y cada vez que se va de casa sin decir nada, soporto su ausencia como un hombre. Y cuando vuelve, como ha regresado ahora por cuarta vez, abro el mejor champán y espero, a oscuras, que entre a casa y me engañe de nuevo.
habíamos echado de menos.
La cuarta temporada de Lost es el amor puro entre una historia y su espectador, ese mismo amor fundamental que se explica en el Nuevo Testamento y al que muy pocas almas pueden acceder. Es el amor que todo lo sufre, que todo lo cree, que todo lo espera, y que todo lo soporta. Como el amor de Penélope y Desmond. Yo creo en Lost cuando me dice la verdad, pero también amo a Lost cuando me miente. Y cada vez que se va de casa sin decir nada, soporto su ausencia como un hombre. Y cuando vuelve, como ha regresado ahora por cuarta vez, abro el mejor champán y espero, a oscuras, que entre a casa y me engañe de nuevo.
habíamos echado de menos.
el amante y el amado

Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones diferentes. Con frecuencia el amado es solamente un estímulo para todo el amor guardado que se ha mantenido sin pertubaciones en el amante durante largo tiempo. Y de algún modo cada amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es una cosa solitaria. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento es el que le hace sufrir. Así que hay una sola cosa que el amante puede hacer. Debe cobijar su amor dentro de sí lo mejor posible; debe crear para sí un mundo interior completamente nuevo —un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo—. Y agreguemos aquí que este amante del que hablamos no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda —este amante puede ser hombre, mujer, niño, o verdaderamente cualquier criatura humana sobre esta tierra.
Carson McCullers "La balada del café triste"
Carson McCullers "La balada del café triste"
fragmentos del discurso amoroso 2
¿Por qué durar es mejor que arder?
Fragmentos del discurso amoroso, Roland Barthes
Fragmentos del discurso amoroso, Roland Barthes
fragmentos del discurso amoroso 1
Como una mala sala de concierto, el espacio afectivo tiene rincones muertos, donde el sonido no circula.
De Fragmentos de un discurso, Roland Barthes
De Fragmentos de un discurso, Roland Barthes
Un cuento de amor
Rudolf, con la cabeza levantada y reclinado en su cadencioso cuerpo la miraba con sus profundos ojos verdes. Ella, esbelta y apetitosa, bailaba enfrente y en torno a Rudolf apenas sin tocar el suelo. Él -es de suponerse- estaba en posición de ataque, con esa nerviosidad serena que siempre le fue tan característica. Ella, seductora, como si no se diera cuenta de la situación, seguía exhibiéndose alegre y provocativa. Rudolf, entonces, de un sólo movimiento atrapó entre sus fauces gatunas a la mariposa, y, de dos mordidas, se la comió.
Marcial Fernández
Marcial Fernández
lunes, 9 de febrero de 2009
diane arbus

La vida de Diane Arbus, que vivió de 1923 a 1971, ha sido llevada al cine en un film protagonizado por Nicole Kidman. "Retrato de una obsesión" relata la vida de esta fotógrafa que es para muchos una de las artistas más importantes del S. XX. Ella aportó una nueva estética y un distinto discurso sobre la belleza a la fotografía americana. Su estilo, calificado como una especie de antropología contemporánea de los Estados Unidos de la posguerra sigue vigente hoy.
Me he dado cuenta de que cuando notamos en ciertos seres aspectos molestos, apreciamos en ellos lo asqueroso, lo repugnante, lo malo y feo; nos compadecemos de ellos, pobres sin suerte. Con complejo de dioses alzamos nuestra voz para alimentar nuestras ansias de ayudar y actuamos con amabilidad ante los extraños que osan invadir nuestro mundo estable y puro, ellos reflejan lo odioso de nuestras persona y por eso nunca los miramos a la cara, pues si lo hacemos, son nuestros propios demonios los que vemos, es tal vez el concepto básico del cual se baso Diane Arbus para retratar a todo el mundo bajo la imagen de los extraños.
Diane Nemerov, fotógrafa estadounidense criada en una acomodada familia, nace en 1923, a los 18 años se casa con Allan Arbus, este matrimonio marcaría etapas claves en la carrera de esta fotógrafa ya que una vez iniciado el matrimonio empieza a dedicarse a la fotografía de moda, pero una vez divorciados, renueva su estilo y crea uno propio.
El estilo de Arbus es el de retratar personajes peculiares, diferentes, nada usuales e incluso repudiados como por ejemplo, gemelos, trillizos, enanos, familias de clase obrera, prostitutas, el personaje a retratar siempre es enfocado al centro de la imagen, en su rostro se puede ver la sonrisa esbozada producto de una pose ya elaborada, pues no hay naturalidad en sus obras, lo maravilloso de su arte es lo expresivo de la realidad de estos seres, una tierna sonrisa dibujada en el rostro de un enano, una expresión de humanidad, así como una critica a todo aquel que enfoca en ellos, los marginados, el odio. Podemos ver el rostro directo, los retratados tiene la conciencia de su estado de retratados, de que varias personas apreciaran sus fotos, y que con ellas podrá reflexionar o espantarse, de diversos matices psicológicos puede uno analizar la intención de la fotógrafa, pero acertarla? … no sabría decir, eso queda en manos de la artista misma, sin mas preámbulo dejo ante ustedes diversas fotos que encontré en el Internet para que puedan enfrentarse contra sus mismos demonios, además de colocar una muestra de la faceta de “fotógrafa de celebridades” de Diane Arbus, ejemplificado por una magnifica foto al maestro Jorge Luis Borges.
Diane Nemerov, fotógrafa estadounidense criada en una acomodada familia, nace en 1923, a los 18 años se casa con Allan Arbus, este matrimonio marcaría etapas claves en la carrera de esta fotógrafa ya que una vez iniciado el matrimonio empieza a dedicarse a la fotografía de moda, pero una vez divorciados, renueva su estilo y crea uno propio.
El estilo de Arbus es el de retratar personajes peculiares, diferentes, nada usuales e incluso repudiados como por ejemplo, gemelos, trillizos, enanos, familias de clase obrera, prostitutas, el personaje a retratar siempre es enfocado al centro de la imagen, en su rostro se puede ver la sonrisa esbozada producto de una pose ya elaborada, pues no hay naturalidad en sus obras, lo maravilloso de su arte es lo expresivo de la realidad de estos seres, una tierna sonrisa dibujada en el rostro de un enano, una expresión de humanidad, así como una critica a todo aquel que enfoca en ellos, los marginados, el odio. Podemos ver el rostro directo, los retratados tiene la conciencia de su estado de retratados, de que varias personas apreciaran sus fotos, y que con ellas podrá reflexionar o espantarse, de diversos matices psicológicos puede uno analizar la intención de la fotógrafa, pero acertarla? … no sabría decir, eso queda en manos de la artista misma, sin mas preámbulo dejo ante ustedes diversas fotos que encontré en el Internet para que puedan enfrentarse contra sus mismos demonios, además de colocar una muestra de la faceta de “fotógrafa de celebridades” de Diane Arbus, ejemplificado por una magnifica foto al maestro Jorge Luis Borges.
Edward Hopper, un pintor cinematográfico

Habitación de hotel (1931). Museo Thissen-Bornemisza. Madrid
A Edward Hopper se le conoce como el pintor del espacio, de la luz y de la soledad. Su pintura muestra un paisaje típicamente estadounidense formado por motivos urbanos, gasolineras, moteles, bares, trenes..., en los que puede intuirse la melancolía, la soledad que caracteriza, según Hopper, al individuo urbano, tan presente en la cultura norteamericana del siglo XX. Su mirada de la América del siglo XX representa una visión poco complaciente, opuesta a la reflejada por pintores contemporáneos como Norman Rockwell; un pintor costumbrista que ha reflejado la cara amable de Norteamérica, frente a Hopper que “ha visto” el lado oscuro, el drama individual y cotidiano. Esta visión de la América contemporánea reflejada en una cotidianidad urbana o rural donde los personajes representados hacen participes al espectador de sus estados de ánimo, ha sido reflejada pictóricamente a través de lo que los especialistas en su obra denominan una “mirada cinematográfica”. Aunque es evidente que la influencia de su pintura sobre el cine también es una realidad. La representación visual de la cotidianidad está presente en la obra de cineastas como Robert Altman, en cuya filmografía la influencia estética de Hopper parece hacerse visible. Un ejemplo específico puede ser el film Vidas cruzadas (1993), basado en varios relatos de Raimond Carver, donde dicha cotidianidad es el punto de partida para relatar cómo la vida de unas personas corrientes se entrecruza, compartiendo ilusiones y tragedias.
La pintura de Hopper es narrativa, es decir, nos propone un instante que forma parte de una realidad que fluye de manera contínua, en la que el tiempo tiene un papel fundamental. Los personajes retratados están afectados por sucesos ocurridos con anterioridad y que además no pueden evitar la presencia y continuidad de lo que les rodea.
Edward Hopper fue un gran aficionado al cine, de tal manera que el séptimo arte resultó ser para el pintor norteamericano fuente de inspiración. Reconoció su admiración por films como Los niños del paraíso de Marcel Carné (1945), Forajidos , de Robert Siodmak (1946), El Halcón maltés de John Huston (1941) o Marty (1955) de Delbert Mann. Estas películas le inspiraron directamente algunos de sus trabajos más significativos.
La importancia de Hopper no radica en su rompimiento con las normas estéticas o la búsqueda de nuevas técnicas pictóricas, sino en que puso de manifiesto que las imágenes que creamos parten inequívocamente de la realidad de las cosas que nos rodean y, sin embargo, son expresión de un mundo personal e íntimo, por eso su aportación es tan importante para los creadores de imágenes. Si indagamos en films concretos, podemos encontrar “lienzos de Hopper” reconstruidos cinematográficamente en ellos. A modo ilustrativo para los lectores pueden citarse: El Eclipse de Michelangelo Antonioni (1962); Llueve sobre mi corazón de Francis Ford Coppola (1969); La última película de Peter Bogdanovich (1971); Dinero caído del cielo de Herbert Ross (1981); Bagdad Café de Percy Adlon (1987) y de forma especial, las películas de Todd Haynes, Safe (1995) y Lejos del cielo (2002).
Los paisajes urbanos pintados por Hopper transmiten desasosiego. Los objetos inanimados parece cobrar vida. Los temas abordados por Hopper son nítidamente americanos, es la plasmación de la realidad americana de la época. Sus temas y personajes son representados con una sensación de atemporalidad, o de tiempo detenido. Como de nuevo advierte José Luis Borau , en referencia a Hopper, la representación de la realidad viene caracterizada en el pintor norteamericano, porque queda representada en sus elementos esenciales, característicos, prescindiendo de todo lo superfluo. Esa capacidad para representar lo esencial, traspasando el localismo o la realidad concreta, convierte las pinturas de Hopper en mensajes universales.
En este sentido, la búsqueda de lo esencial es un camino que culmina en la pintura abstracta donde la realidad ha quedado reducida a una idea o concepto. Es un camino que comenzó con Velázquez muchos años antes. Hopper partiendo de una realidad, crea una abstracción de esa realidad, fundamentalmente a través de la luz, la forma y el color. La luz representada por Hopper es una luz realista, descarnada, tan poco poética como exige el mundo cotidiano, en realidad es la luz de la vida, alejada de las ensoñaciones. Hopper representa la alienación consustancial de la vida moderna, la convivencia impersonal en las grandes urbes, la soledad vivenciada mientras estas rodeado de gente. Submundos de violencia psicológica y sufrimiento bajo la apariencia de una cotidianeidad perfectamente normal, pero que convive con la superstición y el miedo, porque la diferencia entre el bien y el mal, en lo cotidiano, no resulta fácil de discernir.
Es fácil reconocer la relación de Hopper con el cine. Su deuda con las películas del cine negro de la gran época de Hollywood, anterior a la caza de brujas promovida por el senador McCarthy, resulta visible en muchas de sus pinturas. El cine funciona con metáforas, transforma una historia anecdótica en un mensaje universal, entendible por muchos. En ese sentido la pintura “narrativa” de Hopper, que partiendo de hechos cotidianos trasciende la mera anécdota, ha pesado en muchos cineastas. La influencia de Edward Hopper en algunos directores de cine, además de relevante, se ha mantenido a lo largo del tiempo. Desde Alfred Hitchcock hasta David Lynch es posible identificar conceptos visuales, soluciones referidas a la iluminación y el encuadre o “atmósferas psicológicas” que de manera inequívoca han sido sugeridas por este pintor. Esas influencias son claramente identificables en películas como La sombra de una duda (1943), La ventana indiscreta (1954), Vértigo (1958) o Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock; La noche del cazador (1955) de Charles Laughton; Matar a un ruiseñor (1962) y Verano del 42 (1971) de Robert Mulligan; Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978) de Terrence Malick; A quemarropa (1967) de John Boorman; Alicia ya no vive aquí (1974) de Martin Scorsese o Dinero caído del cielo (1981) de Herbert Ross. También directores no norteamericanos han sido influidos de manera muy visible por Hooper; en este sentido debe destacarse especialmente al cineasta alemán Win Wenders, con películas como El amigo americano (1977), París, Texas (1984) y El final de la violencia (1997).
Christopher Frayling, en su excelente estudio dedicado a la obra de Sergio Leone (2002), al hacer referencia a la magistral película Érase una vez en América (1984), explica que algunas de las pinturas de Nueva York realizadas por Edgard Hopper, concretamente “Drug Store” (Tienda) (1927) y “Nighthawaks” (Halcones de la noche) (1942) proporcionaron la inspiración visual para algunas localizaciones del film. Hopper, que pasó la mayor parte de su vida en Nueva York, buscó representar la “soledad de la gran ciudad”. Muchos de sus cuadros dedicados a la representación urbana parecen instantáneas sacadas de un “film noir”. El mismo Sergio Leone ha declarado, en relación a las pinturas de Hopper que “funcionaban en mi imaginación”.
La influencia de Hooper en el cine se ha mantenido hasta nuestros días y además sobre directores muy significativos, como es el caso de David Lynch, en films como Terciopelo azul (1986) Una historia verdadera (1999) y Mulholland Drive (2001), o Sam Mendes en Camino a la perdición (2002). El cineasta alemán Win Wenders, a propósito de su último film hasta la fecha, Don't come knocking (2005) ha declarado en relación a la influencia del pintor: “Esa imagen hopperiana es buscada conscientemente. Amo de ese pintor la ausencia de detalles; ese ir a lo mínimo indispensable. Hay sitios de los Estados Unidos donde pones la cámara y te sale un cuadro de Hopper.”
En sus conceptos y temáticas, las telas de Hopper, aunque le precedan, recuerdan los relatos cortos de Raymond Carver, al viajante de Arthur Miller, a los personajes condenados de John Steinbeck, o las historias de Truman Capote. Sus cuadros parecen ahogar un grito, ocultar un desasosiego vital que, sin embargo, se revela al espectador atento de su obra. La idea de soledad, la desesperada sensación de que todo se ha perdido, está en esos personajes: es el reverso del sueño americano. Hopper fue consciente de que la vida americana había cambiado después de la segunda guerra mundial. Esa sensación de pérdida de un modo de vida, queda reflejada en sus pinturas. En la obra titulada “Habitación de hotel” (1931) quedan representadas de forma fehaciente algunas de las temáticas más características del pintor: la soledad, la actitud melancólica, el viaje o la necesidad de ensimismamiento.
Hopper en sus escenas urbanas, ha recogido con mucha mayor frecuencia a personajes femeninos, con más posibilidades para representar los estados de ánimo. Su obra carece de sentido del humor. Aleja así su pintura de la producción del arte pop posterior. A través de su obra quería pintarse a sí mismo, pero nos enseñó, sin pretenderlo, las consecuencias del capitalismo, la realidad del sueño americano encerrado en un frío restaurante o en una sórdida habitación de hotel. Sus espacios son retratos psicológicos de cierta manera americana de concebir la existencia. Sus personajes ensimismados y melancólicos, sus calles desoladas y silenciosas y sus cafeterías y cines siempre habitados por seres solitarios parecen reflejar las vicisitudes del hombre moderno.
jueves, 5 de febrero de 2009
miércoles, 4 de febrero de 2009
continuidad de los parques
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Julio Cortázar
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Julio Cortázar
martes, 3 de febrero de 2009
Pájaro azul
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?
hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.
luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestropacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorara un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?
Charles Bukowski
llegaron a tiempo
me gusta pensar en escritores como James Joyce
Hemingway, Ambrose Bierce, Faulkner, Sherwood
Anderson, Jeffers, D. H. Lawrence, A. Huxley,
John Fante, Gorki, Turgenev, Dostoievsky, Saroyan,
Villon, incluso Sinclair Lewis, y Hamsun, incluso T. S.
Elliot y Auden, William Carlos Williams y
Stephen Spender y el valiente de Ezra Pound.
me enseñaron tantas cosas que mis padres
nunca me enseñaron, y
también me gusta pensar en Carson McCullers
con su Café Triste y Ojo dorado.
ella me enseñó muchas cosas que mis padres
nunca supieron.
me gustaba leer los libros de tapa dura de las bibliotecas
en su simple encuadernación de biblioteca
azul y verde y marrón y rojo claro
me gustaban los viejos bibliotecarios (varones y mujeres)
que te miraban seriamentesi tosías o te reías muy fuerte,
y aún cuando se parecían a mis padres
en realidad no había ninguna similitud.
ahora ya no leo a estos autores que alguna vez leí
con tanto placer,
pero es bueno pensar en ellos,
y también me
gusta mirar las fotografías de Hart Crane y
Caresse Crosby en Chantilly, 1929
o las fotos de D. H. Lawrence y Frieda
asoleándose en Le Moulin, 1928.
Me gusta ver a André Malraux en su traje de aviador
con un gatito en el pecho y
me gustan las fotos de Artaud en el loquero
Picasso en la playa con sus fuertes piernas
y su cabeza pelada, y también está
D. H. Lawrence ordeñando esa vaca
y Aldous en Saltwood Castle, Kent, Agosto de
1963.
Me gusta pensar en toda esta gente
que me enseñaron tantas cosas que yo
nunca había imaginado antes.
y me enseñaron bien,
muy bien
cuando eso era tan necesario
me mostraron tantas cosas
que nunca creí que fueran posibles.
todos esos amigos
bien adentro de mi sangre
quienes
cuando no había ninguna oportunidad
me dieron una
Charles Bukowski
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






