lunes, 31 de agosto de 2009

Las Leyes de Murphy

Las Leyes de Murphy



1. "Cuando necesites abrir una puerta con la única mano libre, la llave estará en el bolsillo opuesto". (Ley de Fant)

2. "Las únicas veces que la puerta se cierra sola son cuando te has dejado las llaves dentro". (Ley de la fuerza del destino)

3."Cuando tengas las manos embadurnadas de grasa, te comenzará a picar la nariz". (Ley de mecánica de Lorenz).

4. "Da igual por donde abras la caja de un medicamento. Siempre te molestará el prospecto". (Principio de Aspirino).

5. "Todo cuchillo desafilado, tendrá el filo suficiente para cortarte un dedo". (1ª regla doméstica de Fausner)

6. "El seguro lo cubre todo. Menos lo que sucede". (Ley de Seguros de Miller)

7. "Cuando las cosas parecen ir mejor, has pasado algo por alto". (Segundo Corolario de Chisholm).

8. "Siempre que las cosas parecen fáciles es porque no atendemos todas las instrucciones". (Donald Westlake).

9. "Si mantienes la calma cuando todos pierden la cabeza, sin duda es que no has captado el problema". (Principio de Emergencio).

10. "Los Problemas ni se crean, ni se destruyen, sólo se transforman". (Ley de la persistencia de los problemas).

11. "No importa lo que salga mal, siempre hay alguien que ya lo sabía..." ( Ley de Evans y Bjorn).

12. "Llegarás al teléfono justo a tiempo para oír como cuelgan". (Segundo Principio de Bell)

13. "El teléfono sonará cuando estés fuera buscando afanosamente las llaves de la puerta". (Primer principio de Bell)

14. "Siempre que te vayas a conectar a Internet, se producirá la llamada que llevabas esperando durante todo el día". (Principio de Dialer).

15. "Si durante todo el día has esperado recibir una llamada, ésta sonará cuando estés en la ducha". (Primer principio de invocación).

16. "Si solo hay dos programas que valgan la pena ver, serán a la misma hora". (Ley televisiva de Jones)

17. "Robar las ideas de una persona es plagio; robar las de muchas es investigación". (Ley de Felson)

18. "Cualquier entidad productora es la última en utilizar su propio producto". (Ley de Meissiner).

19. "El precio total a pagar siempre es superior al del presupuesto: exactamente 3,14 veces lo presupuestado. De ahí la importancia del número PI". (Ley de Pi).

20. "El que ronca es el que se duerme primero". (Regla de compañeros de cama)

21. "Los que viven mas cerca llegan los últimos". (Ley de la llegada).

22. "Si intentas ponerte el pijama sin dar la luz para no despertarte del todo, las posibilidades de no ponértelo de delante atrás son prácticamente cero". (Ley de Gusiluz).

23. "La probabilidad de que te manches comiendo es directamente proporcional a la necesidad que tengas de estar limpio". (Ley gastronómica de Soup)

24. "La velocidad del viento aumenta proporcionalmente al precio del peinado". (Ley meteorológica de Reynold también conocida como Ley de Llongueras)

25. "Las posibilidades de descansar un fin de semana son inversamente proporcionales al cansancio acumulado los últimos cinco días". (Ley del descanso reprimido).

26. "Da igual lo terrible o rara que haya sido tu enfermedad, siempre habrá alguien que haya sufrido una peor y más rara". (Principio del hipocondriaco absoluto)

27. "Cuando tras años de haber guardado una cosa sin usarla, decides tirarla, no pasará más de una semana cuando la necesites" (Ley de la necesidad de más espacio).

domingo, 30 de agosto de 2009

martes, 25 de agosto de 2009

domingo, 23 de agosto de 2009

acerca de Bastardos sin gloria de Tarantino

Ya se sabe cómo trabaja Quentin Tarantino: toma un género del cine y le rinde un homenaje hasta el absurdo. El del robo noir en Perros de la calle, el pulp fiction en Pulp Fiction, el blaxploitation en Jackie Brown, las de artes marciales orientales en Kill Bill, el terror rutero en A prueba de muerte. Y ahora le toca al bélico. Pero no cualquier película de guerra: con un grupo de soldados judíos entregados a la misión de asesinar nazis de la manera más sangrienta posible, recupera la gran tradición de Doce del patíbulo de Robert Aldrich, y los comandos feos, sucios y malos que conformaban lo más granado de las fuerzas que derrotaron al nazismo.

Por Alfredo García

Con los Bastardos sin gloria, Quentin Tarantino da un giro brusco al volante que conducía Kurt Russell en la reciente A prueba de muerte y coloca al espectador en medio de la Francia ocupada por los nazis hacia 1941. Salvo películas de revisionismo histórico post-La lista de Schindler y Rescatando al soldado Ryan, la guerra como gran espectáculo de entretenimiento épico ya no es algo usual en Hollywood; pero, obvio, Tarantino no es Hollywood. ¿O sí?

Sí y no, y eso es algo que se puede observar repasando las numerosas y heterogéneas fuentes de homenaje e inspiración con las que, a través de estos Bastardos sin gloria, Quentin Tarantino recorre el cine bélico.

La referencia más evidente del último opus del director está en su título. Aunque en los papeles el guión sobre un comando de soldados judíos que matan nazis por docenas y quieren liquidar a Hitler, Goebbles, Goering y Borrman durante el estreno de un clásico de propaganda nazi en un cine parisino no tiene mucho que ver con la original, su película se llama igual que una italianada bélica dirigida por Enzo G. Castellari en 1978, Quel maledetto treno blindato, conocida en los Estados Unidos como The Inglorious Bastards (en la Argentina tuvo bastante éxito en las salas de cruce de la calle Lavalle y los cines de barrio y zonas suburbanas bajo la exacta traducción Aquel maldito tren blindado, luego un éxito en VHS de la mano de uno de los sellos especializados en western spaghetti). El treno maledetto era una especie de copia por partida doble, ya que el argumento copiaba a The Dirty Dozen (Doce del patíbulo) de Robert Aldrich mientras que el estilo intentaba reproducir la ultraviolencia de Sam Peckinpah, dato interesante sobre todo si se tenía en cuenta que por esos tiempos el director estadounidense de La pandilla salvaje y Pat Garret & Billy the Kid acababa de arrojar una feroz mirada a la Segunda Guerra Mundial en La Cruz de Hierro (1977). En efecto, alguien llamó a Castellari “The poor man’s Peckinpah” (“Un Peckinpah para pobres”), lo que no implica que el director italiano no haya tenido una larga serie de éxitos comerciales distribuidos en todo el mundo, incluyendo clones itálicos de Tiburón, Mad Max y varios eurowesterns de la era clásica post-Sergio Leone. Un detalle raro es que Enzo G. Castellari es el seudónimo de Enzo Girolami, también apodado “Enzino” y otrora conocido por varios alias anglosajones pedidos por la distribución internacional, como E.G. Rowland y Stephen M. Andrews.

El argumento de la primera Inglorious Bastards, es decir la italianada de Enzo G. Castellari (en realidad la de Tarantino es Basterds, con “e”) contaba la epopeya de unos criminales de guerra interpretados por Bo Svenson, Peter Hooten, Michael Pergolani, Jackie Basehart y Fred Williamson, que al ser bombardeados camino a su encierro en una prisión militar, decidían participar de una misión suicida contra los nazis.

La idea de usar unos delincuentes como antihéroes extremos de un film bélico no era precisamente nueva. Justamente es aquí cuando entra el parecido con Doce del patíbulo de Robert Aldrich, superclásico que introducía una alta dosis de cinismo a la gesta aliada, poniendo a asesinos psicópatas, violadores y depravados de la peor calaña a combatir a los nazis. Al mejor estilo de un gran director como Aldrich, que ya había incursionado en el género bélico con obras maestras del cine de guerra revisionista como Attack (Ataque), que con impresionantes actuaciones de Jack Palance y Lee Marvin contaba básicamente las mismas injusticias y traiciones luego descriptas en Pelotón por Oliver Stone, Doce del patíbulo se valía de un elenco sin desperdicios (Lee Marvin, Ernest Borgnine, Charles Bronson, Jim Brown, John Cassavetes, Richard Jaeckel, George Kennedy, Trini López, Robert Ryan, Telly Savalas, Donald Sutherland, Clint Walker) para contar cómo ese grupo de desalmados podía constituirse en una implacable fuerza de choque tal como decía la frase publicitaria del film, toda una revolución para 1967: “¡Los entrenaron, los armaron, y se los soltaron a los nazis!”.

La película era fuerte para su época. Jack Palance rechazó el papel del desquiciado que terminó encarnando Telly Savalas –terminaba liquidado por sus propios compañeros– debido a que todo le pareció muy violento, y el mismo Lee Marvin, que reconoce haberla pasado bomba durante el rodaje, donde hicieron falta varias toneladas de explosivos para demoler el castillo que servía de cuartel general a los nazis –uno de los decorados más grandes de la historia del cine–, aseguró en muchos reportajes que la película era sólo “basura para ganar plata”, algo que en efecto hizo al por mayor, convirtiéndose en el mayor éxito comercial de la Metro durante el año de su estreno original (seguramente el rechazo de Marvin al film se puede justificar dadas sus propias experiencias como soldado en la guerra, que según dijo él mismo estaba mucho más fielmente mostrada en la posterior The Big Red One de Sam Fuller).

El film de Aldrich se basaba en un best seller de E.M. Nathason, inspirado, por más increíble que suene, en un auténtico grupo de paracaidistas que participó en numerosos combates de la Segunda Guerra, incluido el esencial Día D. “Los 13 Roñosos” podría ser una traducción fiel del apodo que sus camaradas de armas les pusieron a los 101st Airborne Paratroopers, “The Filthy Thirteen”, que por una extraña cuestión ritual de fraternidad, o tal vez un raro caso de alergia colectiva al jabón, se negaban a asearse o afeitarse antes de una misión. También se cortaban el pelo o se maquillaban al estilo apache, lo que servía perfectamente a los fines de la propaganda bélica que difundía en cada ocasión que se presentara las imágenes de estos bravucones en cuanto noticiero fuera posible.

En este sentido, se puede ver un guiño de Tarantino a la verdadera historia detrás de los Doce del patíbulo, ya que el personaje de Brad Pitt, o sea el líder de los Bastardos sin gloria, tiene el sobrenombre de “El Apache” y les pide a sus hombres que le quiten el cuero cabelludo a todas sus bajas enemigas.

El film de Aldrich originó algunas flojas secuelas producidas para la televisión, y es uno de los films de guerra más copiados de todos los tiempos. Sin embargo, y más allá de sus fuentes históricas ya mencionadas, su originalidad es discutible, ya que un film previo de bajo presupuesto, dirigido por Roger Corman, se le adelantó en el tema. Stewart Granger, Mickey Rooney, Ed Byrnes, Henry Silva y Raf Vallone eran algunos de miembros de la Invasión secreta (The Secret Invasion, 1964). Corman contó que supo de la historia real de un grupo comando que actuó contra los nazis en Dubrovnik, ex Yugoslavia (uno de los países que más duramente se opuso a la ocupación alemana), en el consultorio de un dentista, y que se interesó tanto en recrear aquellos hechos verídicos como para llevar la producción a las locaciones reales, algo difícil teniendo en cuenta que el despliegue de producción no era el fuerte de los astutos emprendimientos independientes del director de The Trip y El hombre con ojos de rayos X.

Más allá de que el film de Corman debería ser considerado el primer film auténticamente dedicado a estos grupos de comandos sucios, implacables, desalmados y tan malos como sus enemigos nazis –ésta sería una perfecta descripción de los energúmenos de Tarantino, que muelen con un bate de béisbol a sus enemigos, les cortan el cuero cabelludo a los cadáveres y, si los dejan vivos, les marcan una cruz esvástica en la frente con un cuchillo–, las fuentes se pueden remontar incluso hasta los films realizados durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, como el semiolvidado Gung Ho: The Story of Carlson’s Makin Island Raiders (Ray Enright, 1943) con Randolph Scott y un joven Robert Mitchum matando japoneses a diestra y siniestra luego de un entrenamiento diseñado para convertir seres humanos en bestias de combate.

En todo caso hay muchos films muy buenos en el estilo iniciado por Corman y continuado por Aldrich. Uno de los mejores lamentablemente no es de los más conocidos ni recordados. En Play Dirty (La escoria del desierto, 1968), el genial André De Toth se despedía del cine a lo grande con la historia de un ejecutivo petrolero obligado a asumir su fachada militar y liderar una misión imposible en territorio alemán, disfrazado de italiano con soldados de la peor ralea, igual o peor que las tropas del Eje con las que se encontraban a su paso. La película confirmó la extraña peculiaridad que Michael Caine venía demostrando desde el inicio de su carrera en la obra maestra épica Zulú, de Cy Enfield: se puede ser superastro de cine sin encarnar jamás a un héroe ni nada que se le parezca. Caine volvería a demostrar esto en otro excelente film de Aldrich al estilo de sus previos Doce del patíbulo: en Too Late the Hero (Así nacen los héroes, 1970) encarnaba como nadie a un soldado inglés tan cobarde como todos sus camaradas, que hacía cualquier cosa por no tener que enfrentarse a los japoneses que dominaban la otra mitad de su propia isla. La frase publicitaria de esta joya de Robert Aldrich lo decía todo: “War... it’s a dying business” (“La guerra... es un negocio moribundo”).

Por algo este tipo de mirada cínica o irónica a la guerra explota en la taquilla mundial a partir de 1967 y los Dirty Dozen de Aldrich. Es que ya la guerra no era contra los nazis sino contra el Vietcong, y ya no se sabía quiénes eran los malos. O, mejor dicho, parece que sí se sabía, y el cine de algunos audaces directores de Hollywood como Robert Altman lanzaba dardos al mundo militar en comedias negrísimas tan geniales como MASH (1970), tal vez el momento más creativo y ácido de la crítica antibélica en el cine estadounidense.

Desde este tipo de mirada cínica se puede entender la historieta absurda de guerra que pinta cuadrito por cuadrito Quentin Tarantino en esta original y extraña Bastardos sin gloria, por momentos más una comedia negrísima que un auténtico film de guerra. Hay un punto de vista antirracista poco tratado en el cine, que tiene que ver con la ascendencia judía del comando antinazi comandado por Brad Pitt, que utiliza técnicas tan brutales como para horrorizar al mismísimo Führer. Esta mirada ideológica hace que Bastardos sin gloria pueda funcionar como un excelente doble programa si se la ve junto a la más seria y convencional Desafío (Defiance) de Ed Zwyck, con Daniel Craig comandando un grupo de partisanos judíos de muy malas pulgas que ni por asomo se dejarán conducir a la cámara de gas sin liquidarse unos cuantos nazis.

La mezcla de humor negro, clima bélico hasta lo ultraviolento, ideología contracultural y música de western spaghetti hacen que al final la principal fuente de la última película de Tarantino no sea ninguna de las ya mencionadas sino uno de los mejores y más originales títulos en toda la filmografía como actor de Clint Eastwood. Kelly’s Heroes (Botín de los valientes, Brian Hutton, 1970) mostraba a un grupo de soldados marginales (Eastwood, Telly Savalas, Donald Sutherland) que andaban por la Europa ocupada ahí con ponchos de cowboy y melenas hippies y tenían como lema “masacrar a los soldados del Führer para robarles su oro nazi”. No por nada entre tanto tema de Morricone que abunda en Bastardos sin gloria (incluyendo un momento exacto para ubicar el de La batalla de Argelia de Pontecorvo) también suena en un punto culminante de la historia el gran tema spaghetti bélico compuesto por Lalo Schifrin para aquel grandioso Botín de los valientes, al que ahora Tarantino hace lucir tan serio y moderado como un capítulo de la serie Combate.

la salud de los enfermos al cine x rodrigo fresán

MENTIRAS PIADOSAS, JULIO CORTAZAR POR DIEGO SABANES
Instrucciones para ver esta película
Son pocas las adaptaciones del cine basadas en la literatura argentina, y son pocas también las que salen airosas. Por eso es doblemente bienvenida la adaptación libre de Diego Sabanés del cuento de Julio Cortázar “La salud de los enfermos”. Con un elenco ecléctico e impecable (Víctor Laplace, Marilú Marini, Rubén Szuchmacher, Lidia Lamaison, entre otros) y una prodigiosa capacidad de capturar esa esquiva cualidad visual que es “lo cortazariano”, Mentiras piadosas se estrena el jueves que viene en Buenos Aires. Rodrigo Fresán la presenta.

Por Rodrigo Fresán
UNO
Imposible no caer en la tentación de comenzar así: Instrucciones para ver esta película.
Entonces, entrar, sentarse, cerrar los ojos en el momento exacto en que se apaga la luz, abrir los ojos y descubrir que el mundo en que uno habitaba ahora se ha cerrado para que se abra otro.
Ese otro mundo en el que la gente, desde una pantalla, nos mira a nosotros.
DOS
Casi lo primero que se escucha en la película Mentiras piadosas –film dirigido por Diego Sabanés basado libremente en el relato “La salud de los enfermos”– es, creo, esto: “La memoria es un músculo raro. Se mueve solo. Cuando nadie lo espera”.
TRES
Y confieso que yo no me acordaba muy bien del relato en cuestión. Me acordaba perfecto de muchos otros. Es más, era como si los viera; porque Cortázar es un escritor con una voz muy visual.
Ese ritmo, esa cadencia que enseguida se traduce –en el milagro nunca del todo explicado del acto de leer– en imágenes en la pantalla del cerebro de sus lectores.
Así es como leemos (y vemos) al lector fatal de “Continuidad de los parques”, las fotos terribles de “Las babas del diablo” y “Apocalipsis de Solentiname”, los sueños de un tal Lucas o las postales de secretarias de la escuela de noche.
Todo eso con esa voz grave, de erres marcadas, que por momentos parece recitar y por otros improvisar, aunque nos llegue del extranjero, sintiéndose siempre felices de pertenecer a una tradición que no considera a lo fantástico un género menor.
CUATRO
Y Mentiras piadosas es una película fantástica, cortazarianamente fantástica. Como un sutil episodio de The Twilight Zone (siempre pensé que “La noche boca arriba” o “Axolotl” bien podrían haber sido adaptados y televisados por el gran Rod Serling), como un paisaje cortazariano donde, siempre, lo que se destaca y define es el paulatino –lento y pausado pero constante– enrarecimiento de lo normal partiendo de la idea y de la base de que no hay nada más raro que la normalidad absoluta.
CINCO
Y, como dije antes, yo no me acordaba muy bien de “La salud de los enfermos”. Recordaba el truco de su trama y poco más. Las cartas como elemento que va distorsionando la realidad.
Y, sí, lo epistolar en Cortázar. En “Carta a una señorita en París”, en “Sobremesa”, en “Diario de un cuento”, en “Cartas a mamá”.
En Cortázar, las cartas siempre ascienden a la categoría de personajes.
En Cortázar, las cartas son, siempre, tan importantes.
Las cartas como el medio de un transporte más importante en un mundo que alguna vez fue este mundo.
Otro mundo.
Un mundo más lento, peor comunicado, donde no rige la eléctrica velocidad de la luz sino la unplugged velocidad de la tinta.
Un mundo, me parece, mejor.
O, por lo menos, una Argentina mejor.
SEIS
Y apenas transcurridos unos minutos de Mentiras piadosas, Diego Sabanés ya me había contestado con impecable caligrafía a lo que yo me preguntaba antes de empezar a ver, a mirar. Lo que me preguntaba era cómo representar visualmente lo cortazariano.
Está clara la respuesta a la hora de Homero o de Dickens o de Kafka o de Borges. ¿Pero qué es lo que define visualmente a Cortázar?
Lo comprendo –cortesía de Diego Sabanés– casi enseguida: los delicados travellings y los clásicos paneos sobre cuellos, escotes, sweaters (ropa que no cambia, que parece fosilizarse sobre los cuerpos), cortes de pelo, sombreros, lámparas, fuentes con puré, escaleras, teléfonos donde todavía habita el muy esporádico y portentoso milagro de la llamada de larga distancia, llaves, el libro favorito cuyo título jamás se nos dice, tiempos y edades (que en Cortázar no pasan y se perpetúan tal vez porque para Cortázar el tiempo y los años pasaban de una manera muy diferente de la de los demás), la idea de la casa como todo un planeta, el rumor lejano de lo exterior, la felicidad alucinada que sólo surge cuando se ha tocado el fondo de la melancolía más profunda y, claro, por supuesto, el fantasma distante pero tan cercano de París (desde donde se escribe casi todo) invocando al fantasma cercano pero tan distante de Buenos Aires.
SIETE
Y ciertos rostros. Mentiras piadosas es un prodigio de casting y tengo que confesar que yo no suelo ver mucho cine argentino porque (no sé si a los norteamericanos o a los ingleses les ocurre lo mismo con sus actores) veo a entrar a Víctor Laplace y nunca es un personaje. Es Víctor Laplace. Sin embargo, el Víctor Laplace ya maduro de Mentiras piadosas –hacía más de diez años que no lo veía– me parece, por suerte, un desconocido al que recién conozco en las pocas y logradas escenas en las que aparece. Marilú Marini está inmensa, como una suerte de Bette Davis tardía (lo suyo es una versión dulce y sutil de Baby Jane y de aquella Charlotte; y qué gran nombre es Marilú Marini, quién no querría llamarse Marilú Marini, ¿eh?). Demoré en reconocer a Rubén Szuchmacher y, claro, misterio, Lidia Lamaison está igual que siempre (Lidia Lamaison –como Fred Astaire– parece haber nacido exactamente así). La efímera pero de algún modo constante aparición de Walter Quiroz le otorga a su Pablo un aire delicadamente canalla; y su mirada torcida y dura en esa foto de algún modo lo explica absolutamente todo.
Mención aparte me merecen los actores “nuevos”, los que yo no tenía registrados: la mirada triste de Paula Ransemberg como Nora, la mirada todavía más triste de Claudio Tolcachir como Jorge, la sensualidad antigua de Verónica Pelaccini como Patricia (una especie de joven Graciela Borges cruzada con la chica esa de la serie Six Feet Under), la crispación simpática de Claudia Cantero como la Tía Celia... todos están tan bien, todos son tan cortazarianos.
OCHO
Y Mentiras piadosas es, por fin, una película argentina donde no hay militares, ni crisis, ni desaparecidos, ni corralito. Hay, sí, un desaparecido. El Desaparecido.
De algún modo, Mentiras piadosas conecta también con esos relatos de fantasmas sin fantasma de Henry James o con “En memoria de Paulina” o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares, donde la memoria y la repetición ritual de una rutina se convierten en amorosas máquinas fabricadoras de espectros. Porque, antes que nada y después de todo, Mentiras piadosas es nada más y nada menos que una fantasmal historia de amor donde todos se quieren. Se quieren mucho. Y los que se quedaron elevan al que se fue a los altares de la fantasía más apasionada.
Y –atención, muchas gracias, Diego Sabanés– en Mentiras piadosas no se oyen ni una vez las palabras “boludo” o “pelotudo”. Se oye una vez un “hijo de puta” y un “como la mierda”. Pero están perfecta y plenamente justificados. Mentiras piadosas es, sí, una película bien educada por su director. No es una película mal hablada y sí es una película bien escrita.
Y tal vez lo más importante de todo: Mentiras piadosas podría haberse conformado con ser –por su puesta y estructura– teatro en celuloide. Pero es cine con actores.
NUEVE
Y Mentiras piadosas es, también, una película inteligente a la vez que ingeniosa. Es admirable el modo en que –amparándose en la categoría de “versión libre”– Diego Sabanés nos invita y nos guía por una suerte de Parque Temático Cortázar.
Bienvenidos a Cortazarlandia.
A la familia como ente narrador y plural (me emocionó ese momento en que alguien dice y corrige “Espero... no... esperamos” sin saber o sabiendo que pone en marcha un mecanismo sin retorno), una familia que comienza siendo claramente cronopia y se va desvaneciendo hasta reducirse a los hermanos de “Casa tomada” que, ahora, deciden quedarse adentro y no dejar que entren los fantasmas desde afuera.
Disfruten de los guiños a conejos, a “Tía en dificultades”, a la ceremonia de tomar o de sacar una foto.
Aprecien el modo en que Diego Sabanés sabe y hace saber –como Cortázar–- que el lugar en el que se vive y se muere es, también, un personaje más, un personaje importante.
Y vuelvan a encontrarse con ese inquietante sentimiento, recurrente en la obra de Cortázar: el convencimiento de que, tarde o temprano, todos acaban siendo escritores, autores más o menos buenos de sus propias vidas.
DIEZ
Terminada de ver Mentiras piadosas, seguidas todas las instrucciones, fui hasta mi biblioteca, busqué y encontré mi ejemplar de Todos los fuegos el fuego, y volví a leer “La salud de los enfermos”.
Qué buen cuento, pensé entonces.
Qué buena película, pensé después.

Este texto de Rodrigo Fresán fue leído en la presentación de Mentiras piadosas en la Casa de América de Madrid el 9 de febrero del 2009.

miércoles, 19 de agosto de 2009

algunas reflexiones de un personaje único: Holden Caufield

Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras...

Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no...

La mayoría se casarían con cretinos, tipos de esos que se pasan el día hablando de cuántos kilómetros por hora hacen, tipos que se enfadan como niños cuando pierden al golf o a algún juego tan estúpido como el ping-pong, tipos mala gente de verdad, tipos que en su vida han leído un libro, tipos aburridos...

domingo, 9 de agosto de 2009

RESIDUOS DE LUIS FERNANDO VERÍSSIMO

"Residuos" . Luis Fernando Veríssimo

Un hombre y una mujer se encuentran en el palier, cada uno con su bolsa de residuos. Es la primera vez que se hablan.
- Buen día.
- Buen día.
- Usted es del 610.
- Y usted del 612.
- Si.
- Todavía no lo conocía personalmente.
- Ajá.
- Disculpe mi indiscreción, pero he visto sus bolsas de residuos...
- ¿ Mis qué?
- Sus residuos.
- Ah.
- Note que nunca es mucho. Su familia debe ser chica..
- La verdad, soy yo solo.
- Hmmm. Vi también que usa mucha comida en lata.
- Es que tengo que hacerme la comida. Y cómo no se cocinar..
- Entiendo.
- Usted también...
- Tratame de vos.
- Vos también perdoná mi indiscreción, pero vi algunos restos de comida en tus bolsas. Champiñones, cosas por el estilo...
- Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. pero como vivosola, a veces sobra...
- ¿ Usted... vos no tenés familia?
- Tengo, pero no aquí.
- En Espíritu Santo.
- ¿ Cómo sabés?
- Vi unos sobres en la basura. De Espíritu Santo.
- Sí. Mamá escribe todas las semanas.
- ¿ Ella es maestra?
- ¡ Qué increíble!¿ Cómo fue que adivinaste?
- Por la letra en el sobre. Me pareció letra de maestra.
- Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por sus residuos...
- Y.. no.
- El otro día tenía un telegrama abollado.
- Sí.
- ¿Malas noticias?
- Mi padre. Murió.
- Lo siento mucho.
- Ya estaba muy viejito. Allá en el Sur. Hace tiempo que no nos veíamos.
- ¿ Fué por eso que volviste a fumar?
- ¿ Cómo sabés?
- De un día para otro empezaron a aparecer en tu basura etiquetas de cigarrillos.
- Es cierto. Pero conseguí dejar otra vez.
- Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
- Ya sé. Pero he visto frasquitos de pastillas en tu basura.
- Tranquilizantes. Fue una etapa. Ya pasó.
- ¿ Te peleaste con tu novio, no es cierto?
- ¿ Eso también lo descubriste en la basura?
- Primero el ramo de flores con la tarjeta, arrojado afuera. Después, muchos pañuelos de papel.
- Sí, lloré bastante, pero ya pasó.
- Pero hoy todavía veo unos pañuelitos...
- Es que estoy un poco resfriada.
- Ah.
- Muchas veces veo revistas de palabras cruzadas en tus bolsas.
- Sí..., es que.. me quedo mucho en casa. No salgo mucho, sabés.
- ¿ Novia?
- No.
- Pero hace algunos días había una foto de una mujer en tus bolsas. Y muy bonita.
- Estuve limpiando unos cajones. Cosas viejas.
- Pero no rompiste la foto. Eso significa que, en el fondo, querés que ella vuelva.
- ¡ Vos ya estás analizando mis residuos!
- No puedo negar que me interesaron.
- Qué gracioso. Cuando examiné tus bolsas, pensé que me gustaría conocerte. Creo que fue por la poesía.
- ¡ No!¿ Vos viste mis poemas?
- Los ví y me gustaron mucho.
- ¡ Pero son malísimos!
- Si realmente creyeras que son malos, los habrías roto. Solamente estaban doblados.
- Si hubiera sabiado que los hibas a leer...
- No me los quedé porque, a fin de cuentas, estaría robando. A ver, no sé; lo que alguien tira a la basura, ¿ sigue siendo de su propiedad?
- Creo que no, la basura es dominio público.
- Tenés razón. A través d ela basura, lo particular se hace público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra en las sobras de los otros. Es comunitario, es nuestra parte más social. ¿ Será así?
- Bueno, ya estás profundizando demasiado con el tema de la basura.
Creo que...
- Ayer, en tus residuos...
- ¿ Qué?
- ¿ Me equivoco o eran cáscaras de camarones?
- Acertaste. Compré unos camarones grandes y los pelé.
- Me encantan los camarones.
- Los pelé, pero todavía no los comí. Quizás pordiíamos...
- ¿ Cenar juntos?
- Claro.
- No quiero darte trabajo.
- No es ningún trabajo.
- Se te va a ensuciar la cocina.
- No es nada. En seguida se limpia todo y se tiran los restos.
- ¿ En tu bolsa o en la mía?

jueves, 6 de agosto de 2009

una peli para no dejar de ver


“Cada corazón es una célula revolucionaria”, dice la pintada hecha sobre la pared con aerosol rojo. Jan y Jule lograron franquear la mansión de un cerdo burgués durante su ausencia y, tras ponerla patas arriba, en medio de una suerte de bacanal revolucionaria (que incluyó brindis con champagne, zambullidas en la pileta y besos húmedos), dejaron estampada en los muros esa consigna que parecería querer reunir enamoramiento y revolución en una sola frase. No, no se trata de una escena arrancada de algún Mayo del ’68 en versión berlinesa, sino de los despolitizados albores del siglo XXI, en el mismísimo corazón de la complacida Europa. Pero la sombra del ’68 terminará volviendo sobre Jan, Jule y su amigo Peter cuando menos lo esperen y proyectada por quien menos lo esperan. Como si se tratara de un boomerang de torcida trayectoria.
Presentada en Cannes 2004 tras una ausencia de más de una década por parte del cine germanohablante en esa competencia, preestrenada con llamativa repercusión en el V Festival de Cine Alemán, premiada como mejor película por los críticos de ese país y exhibida en una enorme cantidad de festivales de primera línea, The Edukators es una de las cabezas de flota del llamativo resurgimiento experimentado durante los últimos años por el cine de ese origen. Producto de uno de los treintañeros que vienen revitalizando el cine germano versión siglo XXI, la película del austríaco Hans Weingartner comparte con los otros éxitos recientes la voluntad de revisión histórica. Si Goodbye Lenin lo hacía en relación con el comunismo caído, si La caída, Sophie Scholl y El noveno día vuelven la mirada sobre los tiempos del nazismo, Los Edukadores replantea otra cuenta pendiente –no sólo en Alemania sino en toda Europa– , como es la de las utopías revolucionarias extinguidas. Y lo hace con dosis francamente inusuales de humor, honestidad y lucidez.
“Los edukadores” es el nombre de un grupo anarco, que tiene entre otras peculiaridades la de reducirse a dos miembros. Veinteañeros, Jan (Daniel Brühl, protagonista de Goodbye Lenin y seguramente la gran estrella del reciente cine alemán) y Peter (el morocho Stipe Erceg, una suerte de Daniel Tognetti desaliñado) salen “a trabajar” por las noches. Eso es al menos lo que le dicen a la rubia Jule (Julia Jentsch, otra que pinta para estrella, luego de ésta y Sophie Scholl), que conoció a Peter tras una manifestación antiglobalización y desde ese momento es su novia. Lo que Jan y Peter en realidad hacen es saquear las casas de los ricos, los dos solos y con una kombi por base de operaciones. “Los edukadores” se caracterizan por no robar nada, sólo desordenan muebles y pertenencias. “¿Para qué lo hacen?”, pregunta Jule al enterarse. “Para asustar a los ricos”, responde Jan. “Para que cuando van al banco los tipos se sientan frágiles, expuestos, vigilados.”
Pero uno de sus operativos se complica y terminan secuestrando al tipo que acaba de ganarle un juicio millonario a Jule, que no sabe cómo hacer frente a la demanda. Los tres secuestradores y el secuestrado terminarán refugiados en una casa en las montañas, junto con una pistola de chasco y mientras los muchachos piensan cómo salir de la encerrona en la que ellos mismos se metieron. La revisión de los ’60 que emprende Hans Weingartner (cuya ópera prima, Ruido blanco, había sido muy elogiada) no se limita a confrontar el espíritu de aquella época con las constrictivas realidades de ésta. En el mismo movimiento, Weingartner (que tiene el extraño antecedente de ser neurólogo y neurocirujano) pone a la película en tensión con el cine de los ’60, tendiendo entre Jule, Jan y Peter las líneas de un triángulo amoroso que desde los propios nombres de pila remite directamente al de Jules et Jim.
Pero no es sólo la sombra de Truffaut la que conjura Los edukadores, sino también la de Godard. La desconcertante combinación de sátira política y maoísmo militante que aquél practicaba en La chinoise se ve duplicada por la ambigua mirada que Los edukadores echa sobre los protagonistas. Los espléndidos Brühl, Jentsch y Erceg aparecen a la vez como militantes idealistas, snobs de la revolución y chicos confundidos y hasta eventualmente ridiculizados. Será la confrontación con su víctima/victimario –un ex agitador del ’68, convertido en burgués absoluto– la que los haga madurar, dicho esto tanto en sentido humano como político. Junto con sus héroes muta el film en su conjunto, pasando del consignismo aparentemente irresponsable del comienzo al lucidísimo replanteo de cuestiones como los márgenes entre capitalismo y rebelión, entre acción individual y repercusión social, entre voluntarismo ideológico y madurez política. Lograr todo esto en el marco de una película que jamás deja de ser fresca, sorprendente y enormemente viva –hasta la mismísima imagen sorpresa que resignifica el final– marca un éxito nada menor para Herr Weingartner y los suyos.


8-LOS EDUKADORES
The Edukators Alemania/Austria, 2004.
Dirección: Hans Weingartner.
Guión: H. Weingartner y Katharina Held.
Fotografía: Matthias Schellenberg y Daniela Knapp.
Intérpretes: Daniel Brühl, Julia Jentsch, Stipe Erceg y Burghart Klaussner

Aquellas raras fotos de los pixies











Edciones fotográficas originales del fotógrafo original de los Pixies: Simon Larbalestier