domingo, 18 de enero de 2009

John Cheveer


A John Cheever lo conocí gracias a una amiga, que aseguró que sus cuentos eran geniales. Es así que llegó a mis manos "La geometría del amor". Ha pasado ya más de un año y le doy las gracias por haber puesto ese libro en mis manos.
Lo cierto es que ese hombre triste que fue Cheever, un padre de familia ejemplar, salvo cuando caía en sus sonadas depresiones, o en esa época de alcohólico impenitente, de bebedor y escritor compulsivo, a solas, encerrado en su mundo literario, logró que volviera a revivir la emoción del descubrimiento, la indescriptible sensación que produce leer una literatura con mayúsculas.
Fue escritor de la extrañeza en medio de aquella sociedad feliz norteamericana de los años cincuenta y sesenta, en apariencia sencillo exprimió las formas del relato corto hasta hacerlo un terreno inmenso. Sus personajes siempre naufragan, pero son tan normales que casi no nos damos cuenta. Comienzan a beber para ser aceptados socialmente, sufren por su rareza en medio de una sociedad luminosa de viviendas iguales y urbanizaciones soleadas y felices, confiesan pecados que al principio casi nos sonrojan por su inocencia y sin embargo se encaminan hacia el abismo; se pierden y no hallan ninguna salida aunque la tengan delante de sus narices. La fuerza de sus historias recae en su conocimiento de la fragilidad humana y en las emociones que provoca, en la maestría con la que es capaz de relatar la complejidad de los seres humanos.

Probablemente entre mis cuentos favoritos de la historia de la literatura hay dos o tres de él, leídos además en un época tardía, tiempo en el que resulta más dificil que ciertas lecturas provoquen tal deslumbramiento. “El enorme receptor de radio” y “El nadador”, ambos incluidos en sus cuentos completos, son sin duda relatos únicos, de una profundidad y una precisión extraordinarias. Ninguno de los dos merece más comentario que ser leídos; la historia de un padre de familia que trae una radio nueva a casa que, por algún misterio de la técnica, sintoniza las conversaciones de sus vecinos, antes gentes desconocidas con las que se cruzaba en el rellano o en el ascensor, y la de un nadador que misteriosamente se zambulle las piscinas de las mansiones que encuentra camino de su casa. “Adiós, hermano mío” me hizo vibrar con esa imagen que sólo de su puño pudo salir:
“Aquella mañana, el mar estaba tornasolado y oscuro. Mi mujer y mi hermana nadaban –Diana y Helen-, y vi sus cabezas descubiertas, ébano y oro en el agua oscura. Las vi dirigirse hacia la orilla, y vi que se hallaban desnudas, sin rubor alguno, hermosas, y llenas de gracia, y me quedé mirando a las mujeres desnudas, saliendo del mar.”
Cheever fue considerado en una época comunista y tuvo relativo éxito en Rusia, donde se creyó ver en él un detractor del sueño americano; nada más lejos de la realidad, sólo era un hombre sensible con un talento desmesurado para escribir, para descubrir lo frágiles que somos.

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